lunes, febrero 14, 2011

de perlas

1.
Hace algunos años compré perlas en un día de San Valentín. Como preludio, me senté frente a una computadora días antes y leí e investigué todo lo necesario acerca del mundo perlático. Aprendí de todo; desde cómo distinguir una perla falsa hasta los más íntimos sucesos de la vida pública de la joya. Me fasciné con la idea de la perla barroca, esa perla anómala que, sin quererlo, o quizás con alevosía, se niega al estándar circular y se da al adefesio, a lo áspero; jodiendo retrospectivamente la arabesca metáfora de la perla como fino ideal de la belleza lustrosa. Cuando sentí que no había hueco en mi investigación, me monté en el auto de mi padre y conduje hasta una joyería. Al entrar, dos vendedores se me acercaron, pero meneé la cabeza hasta que se alejaron, hasta que comenzaron a mirarme como se debe mirar al individuo con potencialidad de riesgo. Escrudiñé las vitrinas como forjador de autógrafos hasta que di con el ejemplar que buscaba: fina calidad, bajo en precio, brillo correcto. Con mi dedo fijado en el vidrio, dije, “quiero esta”. La muchacha la sacó, un poco dudosa, y ofreció colocarla en mis manos. Me negué, le dije que me la llevaría. Caminé a la máquina registradora, pagué, y salí de la tienda. Al llegar a casa y esconder el regalo en mi librero, olvidé todo lo que había leído.
2.
Hoy, cuando intento recordar más detalles acerca de ese arrebato y de la información que obtuve, me acuerdo de algo sólo levemente relacionado. Cuando yo tenía doce o trece años, leí en una entrevista que Dave Duncan, canadiense culpable de mi primer interés por lo literario, escritor de delgadas novelas de sword and sorcery, ciencia ficción, y fantasía, comparaba su proceso literario con ese de la formación de la perla. "Primero me viene una idea como un grano de arena", creo que fue que dijo, sé que lo distorciono, "y se me filtra en la concha, y se encaja ahí, en el manto, haciéndome molusco, imperceptiblemente. Tiempo después—días, meses, años—miro en el espejo que está al lado de mi escritorio y mi cuerpo entero ha mutado para acomodar esa masa accidental. Entonces, de golpe, un texto".

3.
En otros temas, hoy, repentinamente, Atlanta creció una infante primavera.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hace algunos años yo recibí un collar de perlas en el Dia de San Valentin. Recuerdo que la persona que me lo dio, en un aniversario, me hizo la historia que tu cuentas aquí.

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

Así debe permanecer la memoria de las perlas, bonita. Y si la anécdota viene en aires de montaña, mejor.

Gracias por la visita.