martes, enero 18, 2011

suite costumbrista

Ella tiene un sombrero vaquero y usa botas marrones. Una laptop de esas con pantallas gigantes. Un café alto y un cuaderno de notas. Entrelaza los sorbos de café con un buche de agua. Se rasca el ojo izquierdo mucho. Desde donde estoy en el local, la veo editar fotografías en photoshop. Su imagen—de sureña montacaballos—no me conecta con lo que parece ser su oficio, pues lo hace rápido, el cursor se resbala ligeramente por la pantalla, los cambios suceden rápido. Al terminar una foto, pasa al cuaderno y apunta algo. Un inventario, supongo.

Un hombre afilado, afroamericano, de dreadlocks largos entra, con un niño aguantado de la mano. Un niño precioso, con un afro desaliñado marrón claro. Venían caminando por la acera, así que supongo que viven cerca. En Atlanta la mayoría de los peatones viven cerca—aquí el auto es ley, como allá. Hablan entre ellos, algo de un teléfono nuevo—aún no me acostumbro a niños angloparlantes.

La mujer del sombrero los mira y sonríe. El hombre de deadlocks hace lo mismo y el niño se abalanza hacia ella y, con una agilidad de ninja, da un salto y cae de pie en la silla alta que está vacía al lado de ella. Me sorprendo. De niño, si hubiese hecho lo mismo, uno de mis padres me hubiese pellizcado. El niño, con una alegría orgánica, le dice a la mujer—que identifica como mom—que su padre se compró el teléfono más tecnológicamente avanzado del mundo. Usa esa palabra—technologically advanced. Debe tener, ¿cuántos? Cinco años.

Están de pasada, dice el hombre de los dreadlocks. Parece que van a alguna actividad en el local de abajo. Antes de irse, le dice que consiguió un gig en el casino. El tipo que conocí en diciembre, aclara, me llamó que su pianista se iba de la ciudad. Ella le dice que eso es buenísimo y besa al niño.

Sin ningún intercambio físico entre ellos, él sale.

Surgen preguntas, pero las dejo en silencio.

El endiosamiento que algunas personas les rinden a autores, deportistas, estrellas de rock, yo se lo rindo a los músicos de jazz, especialmente los que pasan desapercibido. Esa cuestión cultural por los malditos y fracasados, supongo. Quizás porque musicalmente soy un asco, o quizás porque para dedicarse al género—que cada vez más se aleja del foco mediático—hay que tener algo.

La mujer abre una foto del niño en Photoshop y la comienza a retocar. No anota nada en el cuaderno. Yo regreso a mi trabajo.

3 comentarios:

El Profe dijo...

Ah... ese amor de nos, los intelectuales progresistas, hacia "lo marginal".
En este caso, los músicos de jazz. Cortázar, Gutiérrez Negrón, y la lista sigue.

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

ja. lo que ha cambiado de allá para acá es que el jazz dejó de ser marginal hace mucho. aquí más que con lo marginal, es con lo fracasado.

gracias por darte la vuelta, man.

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

mierda es. sigue siendo marginal, ahora que lo pienso. simplemente que es un margen bien caro y con caviar. ups.