domingo, noviembre 02, 2008

otoño, 9: el peor sueño del mundo

1,
Tuve el peor sueño del mundo.
Como sabes, uno en los sueños no cambia, aunque sepas que estás en el futuro, o en el pasado. Estaba yo en el futuro, no tan lejano. Unos ligeros años, no más. Me veía igual. Esperaba igual frente al portón de la Universidad que da hacia la Torre. Esperaba debajo de uno de los dos espacios techados que abrazan este portón. Vestía una jacket largo y negro, como de niuyorquino de película y tenía guantes de terciopelo. Me picaba un frío brutal. Pensé que debía de ser la nieve, aunque no había nieve. La imagen de la ciudad era Río Piedras. Pero no creo que estuviese en Río Piedras. Digo, en el sueño sabía que no estaba en Río Piedras. Estaba en Estados Unidos; algún estado frío, terminando algún doctorado igualmente frío. Además, estaba nervioso. Esperaba por alguien. Alguien-es, en plural. Continuaba metiendo mi mano en el bolsillo derecho, y acariciando una paleta que tenía, como para asegurarme que estaba ahí. La paleta era importante, lo sabía en el sueño, aunque no cuándo desperté y lo recordé. Por eso la menciono ahora. La paleta entre mis dedos, la paleta en el bolsillo.

Un automóvil anónimo, una forma de automóvil, un vacío negro que recuerdo como automóvil se detuvo frente dónde yo estaba, en la avenida Ponce de León, justo debajo del semáforo, aunque ésta estuviera verde—quién-sea que lo guiara no veía Río Piedras, veía la ciudad estadounidense, la ciudad significada en el sueño. Las puertas se abrieron y desbordó un hombre como de mi edad—de mi edad de ahora, digo, no del sueño—y una mujer de veintitardes. Sabía que los conocía, a ambos. Aunque a él no tanto. Él caminó hacia mi y me dio la mano, y me sonrió, y me dijo un tanto tiempo que yo le respondí casualmente. Ella, por el otro lado, me miró nerviosa. Yo marché hacia ella, y le besé la mejilla. Había algo entre nosotros, aparentemente. Una tensión. Hubo algo entre nosotros, aparentemente. Una relación. Lo supe de improviso. Ella me acarició la barba con nostalgia. Yo le dije bueno verte. El hombre no se inmutó, parecía estar preparado para esto. Supuse que era su pareja. Su pareja seria. Estaban cubiertos por esa sombra que tienen las parejas estables, las parejas serias, las parejas de largo recorrer. Mientras ella me decía algo que yo ignoraba, el hombre abrió la puerta trasera del carro. Por alguna razón, mi atención estaba totalmente dedicada a la acción de aquél hombre. El motivo de nuestro encuentro, sabía yo durmiendo, estaba en aquél asiento trasero. La mitad del hombre desapareció en el interior, y cuando salió cargaba una niña. Una niña preciosa, aunque no recuerdo su cara. Tal vez de dos años, quizás tres. Mi pecho se detuvo. Toqué la paleta en el bolsillo. El hombre le besó el cachete. Caminó hacia mí. La mujer me dio la espalda. El hombre me ofreció la niña. Al levantarme estuve confundido, pero en el sueño, en el sueño la tomé, la tomé como si siempre lo hubiese querido hacer. Y la abrace. Pero la niña me empujó, comenzó a llorar, a decir con el gigante no, con el gigante no, y yo no sabía a qué se refería y la seguía abrazando. Miré al hombre y se la pasé a sus manos. Sintiendo que no lo quería hacer. Y él la puso en el piso, y ella lo miró a él, de pie en sus pequeñitas piernas, y volvió a repetir lo del gigante, y él la regañó. Le dijo respeta. Acuérdate lo que habíamos hablado. Entonces dijo algo que no recuerdo exactamente, y que reproduzco a continuación probablemente en forma errada, pero que de todos modos es lo que me hizo escribir esto, lo que me hizo despertarme, lo que me duele tanto: él es tu papá, nena o tal vez fue él es tu papi o quizás, él es tu otro papi, del que te habíamos contado. Y yo despierto doy un paso atrás, y el yo dormido da un paso atrás. Y sentimos los dos un dolor en el pecho tan y tan hondo, un dolor tan y tan ajeno que nos vacía los pulmones de poquito en poquito. Y yo me despierto pensando: La nena no sabía quién yo era.

2,
En el peor sueño del mundo me acuclillo frente a la niña y saco la paleta de mi bolsillo. Ella me mira desde ojos llorosos y la toma. Le digo que la voy a llevar a un parque, y allá le daré otra paleta. Le sonrió, aunque lo que quiero hacer es llorar como lo está haciendo la mujer dentro del automóvil. El hombre le da un empujoncito a la niña, y me sonríe, como diciéndome, lo siento, mano. Yo meneo mi cabeza, respondiéndole no te preocupes. La nena da un paso hacia mí. Mira al hombre, porque sabe que a él debe dolerle también. Él obliga otra sonrisa. Subo la nena a mis hombros. Le digo a la niña que le diga adios a su mamá. Ella lo hace. Les damos la espalda y comenzamos a caminar el largo trecho hacia la Torre de la Universidad, aunque realmente no estemos ahí, aunque realmente estemos caminando por alguna acera forrada en nieve y en frío. No sé cómo cargar una niña exactamente y ella se da cuenta. Me corrige. Me dice que suba más un brazo con una voz adorable. Lo hago. ¿Ves? Me dice y yo le digo, sí, veo, mi amor. Le empiezo a contar del parque al que la voy a llevar, de cómo la llevaré a escoger paletas después, le hablo de mil cosas para no tener que quedarme callado, para poder distraerme y olvidar ese ardor que siento en el pecho.
Cuando llegamos al parque la dejo en los columpios un momento e intento marcar el número de celular de mi madre, o de mi padre, o de mi hermano, o de mi hermana, pero la llamada no sale. La fuckin’ llamada no sale y no sé qué hacer. Y la nena me mira y yo le sonrió. Pero no soy tan fuerte como el hombre que la trajo, como su padre de crianza, y siento que las lágrimas escaldan las cornisas de mis párpados. Comienzo a llorar. Comienzo a llorar y la nena me mira desde lo más alto del columpio con una tristeza tan pero que tan honda, que me hace llorar aún más.
Tengo una hija que no me conoce, me digo; y al pensarlo, el yo dormido solloza aún más fuerte, y despierta al yo verdadero y yo miro el techo de mi habitación y me sobo el pecho, porque me duele. Realmente duele.

2 comentarios:

Adriana dijo...

Tu siempre te sobras, Sergio... Te quedo super hermoso y conmovedor.

Ana dijo...

Mijo, me has hecho llorar... no tú, tu sueño pesadillezco.
Qué bueno que lo soñaste y lo escribiste así.
Gracias.