viernes, junio 06, 2008

verano, 9: espejuelos de pasta (ó un acercamiento a lo artsy, a la circularidad de la literatura isleña, y al cómo siempre hay que interrumpir al Ché)

1.

Entonces, la idea detrás de lo artsy es ser diferente estando en un constante estado de indagación a través de la mirada artística desenfrenada. No regirse por los estándares masificados y retrógradas del día a día, sino descomponer sus elementos y ahuecar los significantes de sus significados originales, rellenarlos con una actitud performática en la que el cuerpo es la instalación artística. Entiendo eso. Hasta ahí lo entiendo.
Comprendo, igualmente, que la mirada artística se da sólo cuando están presentes unos instrumentos en específico. Una montura plástica de espejuelos, preferiblemente negros, siendo el principal. ¿Cómo mirar y no pecar de miopía o astigmatismo artístico? Del mismo modo, el atuendo es instrumento importante número dos. Un disfraz—no hay otra forma—compuesto por la apropiación de piezas vintage, un collage de vestimentas y estilos que como los ladrillos rojizos de la casa de bombas ponceña, necesita entre medio, como pega, una suficiente porción de pinturas—pueden ser maquillajes removibles, o tatuajes coloridos que individualicen la obra. Nadie dirá que el canvas vacío, recién sacado de su envoltura plástica es una obra. ¿Se atreverían a negar que el lienzo despreocupado es sólo eso, la posibilidad de una obra? Los recortes explosivos y únicos, productos de tijerazos impredecibles, excéntricos y espontáneos, típicamente mejoran la pieza. Su único parecido se debe a las limitaciones del cuerpo. Que siempre parezcan mohawks, mullets¸ o híbridos contemporáneos de ellos son puramente casualidades debidas al imposible-de-ignorar error humano. No puedo cerrar este comentario-a-medias sin mencionar que como toda galería, que como toda expocisión de un pintor, o de un fotógrafo, funcionan mejor en grupo. Muchas piezas vivas ahincadas en un espacio. Muchas piezas vivas igualmente únicas apiñonadas en un local. Digamos, Café 103.

2.

Juanluís y yo, sentados en una mesa, concluimos que estamos atrapados en el ciclo vicioso del escritor-estudiante-universitario puertorriqueño. No hay nada malo en ello. Es así que funciona la literatura de este país. De casualidad, por el destino, en algún sendero iluminado, conspiración coéhlica del universo, dios lo quiso así, un grupo de escritores en potencia se unen en años universitarios, escriben de temas nada parecidos, intentan buscar una línea entre sus textos, abortan un manuscrito, concluyen en que lo único que los junta es la edad, preparan una revista cuya periodicidad sólo radica en la idea de ser, esta muere, publican sus libros individuales, uno desaparece, el otro continúa escribiendo, se hace profesor, da algún taller de narrativa, crea nuevos escritores, consagra su nombre a través de ellos, y muere feliz, dejando un legado en las letras puertorriqueñas que se discutirá—si tuvo buena suerte—en alguna clase de literatura puertorriqueña contemporánea que sólo se ofrece cada tres semestres. Si se sacrifico un gallo virgen, tal vez algún estudiante de posgrado de literatura caribeña—en el exterior—se apropie de la obra del difunto y lo use de nota al calce en su tesis.
Estamos esperando a Samuel. Habíamos acordado a las cinco, pero Juanluís llegó temprano. Nuestra suculenta realización—toda una epifanía literaria, de esas que cambian los panoramas de las letras universales—se da luego de que hayamos ojeado o leído, en alguna ocasión, los dos libros que mencioné ayer en la entrada anterior. Las entrevistas a la generación cuarentona de los ochenta, A Viva Voz de Carmen Dólores Hernández y Palabras Encontradas de Melanie Pérez.
Como ninguno de los dos ha comprado ninguno de los dos libros, sólo hablamos de las entrevistas que hemos leído. Yo las de Pedro Cabiya, Javier Ávila, Juan López Bauzá y Rafa Acevedo; él los ensayos introductorios de Palabras y la de Ché Meléndez. Mientras lo hacemos, discutimos nuestro plan maquiavélico de cómo y cuándo publicar y vender trescientas copias de una tirada de quinientos y eternizarnos como grandes escritores insulares. No hay nada nuevo en la discusión, en realidad. Tal vez que consideramos abrir una editorial cuando seamos trentones, pero eso se queda en las pajas.
Aún no llega Samuel. Ché Meléndez cruza frente al vidrio del local, acompañado de alguna mujer. Nos miramos. Nos reímos. Juanluís me cuenta que en el libro de Profa. Mela, ella lo tiene que interrumpir (al Ché) para hacer su pregunta, y no nos sorprende. No, no nos sorprende para nada. No sé por qué le respondo que aunque no me gustan algunas cosas de Cabiya, lo respeto porque está haciendo lo suyo. Tengo un punto: si la mayoría de los chamaquitos fanáticos de ciencia ficción—adolescentes y preadolescentes—supieran que en la isla se escribe del género, llorarían de la emoción y comprarían algunas copias. Juanluís me comenta algo. No recuerdo qué.
Samuel llega por fin. Está allí para verificar las ventas de la revista. Pide una batida y un quesito. Pero Alfredo está ocupado, no puede atenderlo ahora. Tendrá que venir otro día, antes de las cinco, claro está. Hablamos de Obama, de la raza, del mundo, del universo, de cómo el fin siempre justifica los medios, de los escritores que existen gracias a la bomba de Hiroshima, y nos comenta—Samuel es el que comentan, no pierdan el hilo—que las mujeres checas son las mujeres más bellas del mundo. Las asiáticas también. Asiento. Le recomiendo No todas las suecas son rubias, me he vuelto todo un protestante publicista. Quiero darle la vida a Abeu Adorno que a mi me gustaría que me dieran si muero joven.
Miramos el reloj. A las siete y pico, hay una lectura en Café 103.
Aún falta como media hora, así que Samuel y Juanluís, ambos juntitos, me confiesan que vieron Snakes on a Plane.

3.

Estuvimos allí por hora y pico. Samuel pidió algo de comer. Hablamos de los espejuelos de pasta, de las fotografías del próximo número y nos preguntamos quién era el Eliud que tenía aquella de colección de fotografías en display. Carla llegó, con una copita de café en mano. Hablamos de Oprah. Mucho. Me culpó de que era mi guilty pleasure. Apunté en mi lista imaginaria de cosas que hacer que tenía que ver un episodio de Oprah. Samuel nos dio el dato de que Oprah hizo una escuela en África. Una súper escuela. Una mega escuela. Una escuela tan y tan avanzada que sólo pueden entrar treinta y cinco niñas, luego de pasar por un proceso tan y tan arduo que se podría comparar con llegar a las finales de American Idol. El símil proviene del cráneo de Samuel. Nos reímos. No sé si el dato es correcto, deberían buscarlo, a ver. A las nueve y pico comenzó la lectura. El primer muchacho que leyó lo hizo en inglés. Un cuento entretenido. Personajes de Joy Division—aclaro, no sé tres de esta banda, sólo conozco su música, pero la actividad era dedicada a ellos, se llamaba Río Piedras: Dark City, algo tenía que ver con Manchester y los años setenta. De todos modos, me entretuvo. Luego, no sé qué pasó. Otra gente leyó. Juanluís hizo un intento de escapar del local que fracasó por lo no sutil. Yo le seguí. Samuel permaneció un rato más, y salió sólo para informarnos que le habían dado fin a la actividad, por falta de participación.
La pasamos bien. La pasé bien. Muchísimos espejuelos de pasta, muchísimos recortes extraños. Con un poco de hambre, me recordé que tenía arroz con cornbeef en la nevera. Esta tarde fue la primera vez que lo hacía. Me salió un tanto salau. Cristina me dijo que fue porque le eché un cubito de pollo completo. Tenía que ser la mitad. Le tuve que haber preguntado a Norma, antes de lanzarme a la misión.

Nota al lector: No sé qué tan eficiente sea proyectando el sarcasmo a través de la letra electrónica, pero hago la salvedad de que fue el ingrediente principal en la receta de esta entrada.

3 comentarios:

manuel dijo...

la parte de la crónica donde cuentas la discusión sobre los libros no comprados de Melanie y Carmen Dolores es reveladora: una lectura de pasadita no puede generar una discusión epifánica y queda precisamente en descripción de ciertos clisés: que se venden 300 copias de los libros isleños, que luego habrá uno que otro que se dé en clase y varios estudiantes de posgrado citándolos en dos o tres tesis. no hay verdadera conversación sobre la escritura sino de la pose escritural, de las minucias personales y biográficas, de si Cabiya hace lo suyo o no y si los chamaquitos se enteraran de eso lo compraría. embuste, pa empezar. en ese sentido la crónica es excelente, muestra la superficie, y aquí en los comments no estaría de más sugerir otra, esta vez que atienda los abismos de esos libros, que algunos tienen que tener, ¿no? Literatura lacrimógena universitaria, no?

muchos saludos de
manuel clavell cararsquillo

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

gracias por el comentario manuel,
parte de la intención de la entrada era mostrar, en efecto, lo superficial y cliché de la conversación. como un chiste, tal vez. y, también, estoy de acuerdo de que no pasa más allá de la "pose escritural, de las minucias personales y biográficas", después de todo, eso es lo que intento también.
cuando termine ambos libros, tal vez, podré adentrarme más en sus abismos, que algunos tienen que tener, pero por ahora, me quedo en lo superficial, en la mueca.

Anónimo dijo...

Thanks for an idea, you sparked at thought from a angle I hadn’t given thoguht to yet. Now lets see if I can do something with it.