viernes, mayo 30, 2008

verano, 4: Gatomuerto

Me levanto. Camino a la sala. Muevo la cortina casi transparente que cubre el vidrio de mi puerta, para atisbar hacia los exteriores. Verificar el clima, supongo. Siempre veo lo mismo: la escalera sucia, el alto portón blanco, los drones de basura colmados hasta el tope. Un poco más allá: la brea, los carros, y los transeúntes sudados. Me desperté más tarde de lo usual: a las 9 y 30 de la mañana, cuando últimamente, a las siete de la madrugada ya estoy de pie, buscando qué hacer.
Anoche, al regresar de una breve salida a una de las muchas barras de por aquí con mi mejor amigo y su novia, encontré un gato atropellado en el medio de la calle Romany, justo en donde pierde su nombre y se convierte en la Amelia Marín (¿?). Iba de camino a dar una vuelta instantánea por El Boricua. A decirle hola y adiós a unas amistades. Pero el maldito cadáver me detuvo porque no maullaba.
Pregunta: ¿Por qué somos tan morbosos?
Pensé en buscar la cámara—poner la foto aquí—pero no lo hice. Me contuve. Me dije que no. Que tampoco podía caer en esa banalidad que parece afectarlo todo. Miré al gato de cerca. Su boca estaba abierta, y de ella se derramaba una pequeñísima aureola carmesí que le enmarcaba toda su cabeza. Había algo, una esfera de carne, en su rostro que no supe distinguir. Por lo cual me acerqué. Jamás había visto un ojo brotado. Es algo tremendamente desagradable.
Recordé todos los gatos que he visto muertos en la Carretera de Utuado a Arecibo, cuando visito a mi novia. Y perros, también. E iguanas. Muchas iguanas, y gallinas de palo. Las carreteras son como largos cementerios de mascotas abandonadas—y no intento hacer poesía, sino que la imagen me da gracia.<>br> Una vez, iba con mi mejor amigo—el mismo de orita—de vuelta a mi casa, y un pequeño gatito blanco saltó frente a nosotros. Intentamos esquivarlo, pero ¡crunch!
No creo que fue el sonido lo impactante, sino el cómo, en tan breve instante, pude sentir todos y cada unos de los pequeñísimos huesos quebrándose, como si se tratase de un Cheetos entre mis dientes. Desagradable. Muy desagradable.

***

El miércoles pasado, Samuel y Juanluís estaban en mi apartamento. Entre las cosas que discutimos fue uno de esos websites—no recuerdo el nombre—en los que la gente sube vídeos de cosas extrañas—y por extrañas, me refiero a morbosos. Videos de decapitaciones, de muertes, de accidentes, suicidios. Vídeos virales, le llamó Sam, y no sé si es el término correcto. Me comentaba cómo le intrigaban, a veces. Cómo lo que estaba mal—en el fondo—de esos vídeos, era la cultura. La cultura como el peor de los males. Debatimos un rato al respecto. Intentamos enjuiciarla—a la cultura—sentenciarla a muerte, pero no llegamos a ningún lado. Le vimos los pros y los contras. Samuel dice que no hace sentido que la gente beba cerveza ni vino. Que antes se hacía porque era imposible mantener los jugos frescos por largos periodos de tiempo. Además, relató cómo observó un video del asesinato de una vaca. De cómo una máquina marciana y gigantesca lo tomaba entre sus brazos metálicos, les daba vueltas y las regresaba al suelo. Entonces, la vaca daba unos pasos hacia adelante, y su cuello se abría, derramando toda su sangre. Uno de los espectadores—que trabajaban en la fábrica—se le paraba al lado del animal, y pateaba la sangre, sin propósito alguno, para cubrirle el rostro—ya apagado—o tal vez para humillarla.

***

Cuando salí, esta mañana, de camino a la biblioteca, ya habían recogido el gato muerto. No quedaba nada, ni una manchita. En la acera a su izquierda, había un carro estacionado. Al lado de la puerta del pasajero, en el suelo, a medio metro de dónde antes estuvo el gato, yacía el vidrio—el cristal de la ventana—fracturado. El crimen tuvo que haber sucedido después que yo pasé, a la media noche. Me asomé al carro. El radio estaba intacto—y últimamente, eso era lo que estaba robando por esa calle, radios.
Tres preguntas ilógicas me vinieron a la cabeza; 1. ¿habrían roto el cristal antes o después de que desaparecieran el cadáver del felino? 2. ¿habría sido el mismo ladrón el responsable de llevarse el cuerpo? Y 3. ¿Habría roto el cristal del carro, el pillo, como una metáfora, como una represalia en contra de todos los carros por haber matado a aquél animal?
Continué hacia mi trabajo, pensando que estaba tarde. Al llegar, me conecté al Internet y busqué la última entrega de la serie de entrevistas que le hicieron a Haruki Murakami en el diario japonés Manichi Daily News—que iba a ser el tema original de esta entrada—y sonreí. Adoro a ese cabrón.

2 comentarios:

Plasmando en el silencio dijo...

Hola, eres un escrito? si eres un escritor eres de lo bueno, hasta parece una novela de Gabriel García Márquez

Kaede dijo...

Me gusta mucho el toque autobiográfico que ha tomado este blog. Estos cantitos de tu vida que nos permites compartir contigo son tan... humanos, no sé...