miércoles, febrero 22, 2017

odio a la universidad, una columna

Esta columna fue publicada el 22 de febrero del 2017 en El Nuevo Día. La versión impresa se tituló "Ítem" y la online "Odio a la universidad". 


Hay que meterle mano a la Universidad de Puerto Rico. Eso lo sabemos. Volverla más justa, funcional, ética. Nadie que haya pasado por sus pasillos la dirá espejo impoluto. Nadie que haya trabajado allí, lo habrá hecho por la pura bondad y dedicación a un patrono justo. La verdad es que, a menudo, la Universidad brega súper mal.

Pero los ataques a los cuales se atiene actualmente no están motivados por las ganas de mejorar y renovar los once recintos. Habrá quien intentará pasar gato por liebre y argumentará que sí. Para acallar a estos, existen propuestas prácticas que circulan de vez en cuando y que con la misma frecuencia son ignoradas.

El pasado viernes, por ejemplo, el sociólogo Emilio Pantojas García ofreció un modelo interesante de reestructuración en las páginas de este medio. El mismo día, el físico Daniel Altschuler propuso otras igualmente competentes en la revista 80grados. Ninguna de las dos (y las otras decenas que han rondado) importa para quienes sólo ven la Universidad como un “ítem” más en un presupuesto a balancear. Para ellos, lo que importa es el corte de los trescientos millones. “No es personal, es negocios”.

No obstante, la perspectiva de los tecnócratas de la deuda no es la que he escuchado en estos días bajar alegremente de la montaña. A pesar de ser quienes despliegan la guillotina, no son los verdugos quienes dan susto, sino las masas que se acumulan frente al aparato y se emocionan de verlo en acción.

Motivados una vez más por el ataque a la UPR, ya ronda la buitrería clasemediera (o de horizontes clasemedieros), emocionada ante la posibilidad de rehabilitar su queja: ¿por qué mantengo yo, con mis santos impuestos, esa improductiva cuna ideológica—ellos, tan libres de ideología—, ese seno de vagos que chupan fondos federales —¡oh, defensores del presupuesto gringo!—?

Desafortunadamente, en ese recinto no hay razón que valga. El odio a la Universidad es el mayor obstáculo para su supervivencia.

martes, enero 24, 2017

"Si no es baile, botella y baraja, ni computan", una columna


Hubert von Herkomer, "Hard Times"

"Si no es baile, botella y baraja, ni computan"

Estadistas, moralistas y economistas políticos llevan siglos insistiendo que si el pueblo—cualquiera que sea, desde la España borbónica hasta las nuevas repúblicas decimonónicas—simplemente trabaja un poquito más duro, si deja de quejarse sobre sus circunstancias y cumple su deber, la riqueza y felicidad de la nación no tardarán en llegar. Es cuestión de disciplina, dicen. El problema con las masas trabajadoras, sostienen, es que han olvidado lo que es el sacrificio. Si no es baile, botella y baraja, ni computan.
Convencidos de esto, un par de siglos atrás, estos mismos grupos impulsaron los primeros decretos que criminalizaron la vagancia y los modos “deshonestos” de vivir. A ocho años de la independencia mexicana, por ejemplo, se fundó el Tribunal de Vagos, un órgano policial extrajudicial que finalmente le pondría fin a aquello que obstaculizaba el progreso de la nación. El Tribunal fue el sueño mojado de políticos, oligarcas, y moralistas. Su misión giraba en torno al humillar, procesar, y re-educar. En cuestión de nada, imaginaban, podrían forjar la sociedad ocupada requerida por los modelos económicos que insistían en impulsar.
El Tribunal fracasó muy poco después. Como era de esperarse, ni legisladores ni moralistas se lanzaron a las calles a perseguir a los ociosos. Contrataron personas de las mismas clases trabajadoras que disciplinarían. El número de vagos procesados fue mínimo. Cuando apresaban a Fulano de Tal, los empleados del Tribunal argumentaban que el acusado estaba desempleado en el momento, pero que, a veces, cuando era posible, hacía chivos aquí y allá. Y así por el estilo. Cuando se revisan los documentos en el archivo, lo que sale a colación es que la masa de vagos tan vilipendiada no era tal; lo que existía era una gente que se las buscaba para asegurarse una vida e insistía en sobrevivir, a su manera. Pero claro, la supervivencia y la vida de la masa jamás satisfizo a los estadistas y moralistas de antaño, ni satisfacerá a los que hoy piden sacrificio y austeridad de parte del pueblo.

miércoles, diciembre 28, 2016

lecciones para el fin del mundo, una columna




Lecciones para el fin del mundo

En diciembre del noventa y nueve tenía trece años, pero ya a horas de año viejo estaba listo para un muy difícil resto de mi vida. Días antes me informaron que pasaríamos el 31 en Borinquen Pradera, y, aunque aún no apreciaba la ruralía cagüeña, me alegré. Supe inmediatamente que aquel campo sería idóneo para el último día.
En Bairoa, donde vivía, todo se habría dificultado. Las urbanizaciones no estaban hechas para el fin del mundo. ¿Qué hacer cuando se agotaran la comida enlatada, las bolsas genéricas de cereales, y la inmensa caja industrial de galletas que una compañía le dio a mi familia años antes tras la aparición de un engranaje de hierro dentro de un bizcochito con el que casi me atragantaba?
El campo, sin embargo, le prometía al gordito deprimido y míope que fui, la posibilidad de una larga subsistencia. Conocía los alrededores lo suficientemente bien como para armar una dieta supervivencialista. Alrededor de la parcela familiar había matas de plátano, guineos, gandules, demasiadas gallinas, y un árbol de mangó.
Sin que nadie se enterara, preparé una mochila en la que no sólo estaba lo de siempre, mis libros, libretas de escritura, lápices mecánicos, y mi Gameboy con baterías de repuesta. Añadí además una botella de agua, mi almohada favorita, un cambio de ropa y un cuchillo de mantequilla.
Me acosté a dormir a las 11:40 en balde. Las explosiones que me despertaron no fueron las de un mundo predeterminado haciéndose trizas a fuerza del Y2K y el meteorito de Nostradamus. Fueron las de los gritos, llantos y petardos que suelen acompañar el fin de año. Desperté decepcionado.
Hace poco me tropecé con mi diario de entonces, donde anoté los preparativos. Recordaba hacerlo. Lo que no recordaba era la inscripción que hice el 1 de enero del 2000 a las 12:10, antes de salir a enfrentar a padres, hermanos, tíos, y primos, en una letra extremadamente cuidada: “Debe haber algo más que simplemente aprender a bregar”.

miércoles, diciembre 07, 2016

lo que se va vuelve absurdo, dice daniel sada


Tanto los abandonos como lo retornos ¿dan lo mismo?: tienen una semejanza tan sutil por ser quizás como círculos maltrechos, e incompletos de resultas, que, empero, vistos de pronto dal el relumbrón de un trance incorregible y, por ende, dizque ya definitivo. Lo que amenaza con irse por lo común no se va ya y lo que por un agravio o por un simple capricho se va lejos ¿para siempre?, vuelve siempre, vuelve absurdo e inclusive peor que antes. Pero aquello que se va de a deveras, y de pronto, puede ser que se engrandezca o tal vez hasta renazca, sin embargo, ha de volver a ser substancia, la misma, la de acá: allá: cual río arriba, que jamás se hubiese ido…
dixit Daniel Sada en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe

jueves, diciembre 01, 2016

good people, un relato

Hace un mes, el primero de noviembre del 2016, el Brooklyn Rail publicó uno de mis pocos cuentos, Good People. Acá les dejo el link y el inicio del relato.
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Good people


Maritere walked into the Caguas branch of The Creamery where ice cream meets heaven with the baby in her arms and María C., her cousin, to her side, and there she was once again talking the latter’s ear off with the same indiscriminate ardor that she put into anything, whether it was that beautiful purple dress she wore for prom two years ago, or that bendita grocery list that she always forgot when she actually went shopping, but which, even if she had taken with her, she wouldn’t have been able to purchase in its entirety because, like she repeated over and over, las cosas están bien malas. That said, perhaps that one Wednesday the tone was right. It just so happened that, as she was in the process of revealing, she hadn’t gotten her period that week, nor the previous one, and let’s not even mention the one before that. This could only mean one thing, and that one thing, you can imagine, would’ve definitely thrown a wrench into any well-oiled machine, and hers was far from well-oiled and already pretty wrenched out.
She whispered that last part, and nudged her head to the tender bag of skin and bones held warmly against her chest, hoping to not wake it up. If awake, it would start asking to be fed and she couldn’t bear it anymore. She didn’t say it out loud. She’d done so two days ago and her mother, with whom she lived, had overheard and slapped her across the face and gave her a sermon and that was the first time that had happened in a long, long time. But the truth was that her nipples were so sore and whenever the baby was sucking on her it made her feel like a huge, silver, scrunched up Capri-sun. That image actually came up in her nightmares and it scared her senseless. She knew it wasn’t logical, but she was afraid she would run dry and the baby would continue sucking and sucking and she’d be emptied out. And being emptied out and sola was the worst thing she could imagine in the whole world...

domingo, noviembre 27, 2016

perplejidad, una columna


En una ponencia que ofreció en Los Ángeles días después de las elecciones y que luego compartió en línea, el crítico Jaime Rodríguez Matos hizo un llamado a la perplejidad.

Su argumento era complejo y recorría caminos que ni en mapa cabrían aquí, pero a su centro había un llamado a rehuir de la certeza, a no eliminar el inevitable momento de perplejidad, de sorpresa, que nos secuestra ante sucesos como la victoria electoral de Trump. Abrazar ese momento en el que estamos perplejos, perdidos, en suspenso, implica resistirse a la simplificación, postergar un juicio final.

Se podría decir que no es tan fácil. Y no lo es. Resistirse a la certeza es casi imposible hoy ante la exposición sin fin ni condiciones de las redes sociales. Ese espacio en el que nos vemos obligados a producir y consumir opiniones (mientras más grandilocuentes mejor) sobre el más mínimo evento, a toda hora y en todo momento.

Es casi imposible, también, ante la victoria de alguien como el futuro presidente, tras la cual insta movilizarse, colaborar.

Por eso hay que recalcar que la perplejidad en cuestión no llama a quedarse quieto y encerrarse a pensar la inmortalidad del cangrejo. Todo lo contrario: recomienda, en todo caso, la disciplina del evitar “sabérsela toda”, del resistirse a pensarse poseedor de un único plan de acción, del aceptarse sorprendido y, en vez de ofrecer certezas, de vez en cuando ofrecer el cuerpo y colocarlo en los lugares en los que importa.

Como algunos saben, vivo en un pequeñísimo poblado perdido en la ruralía estadounidense. Un poblado que, hace mes y medio, estábamos seguros había logrado resistir el romance trompista. La semana pasada, la casa de un colega judío amaneció vandalizada. Una nota clavada a su puerta les prometía ¿o deseaba? su muerte.

Sucesos similares han ocurrido en otros lugares, lo sé. Pero aún así, la perplejidad parece ser un buen lugar del cual partir a lo que se avecina.

martes, octubre 25, 2016

las sobras, una columna


Vivo en un pequeñísimo poblado universitario perdido en la ruralía estadounidense. Es un pueblo históricamente progre, racialmente más diverso que el promedio de las áreas no metropolitanas del estado, oficialmente integrado desde sus inicios y orgulloso de su legado abolicionista. Tiene escuelas públicas decentes, impuestos altísimos, una amplia oferta cultural y una economía relativamente saludable que gira en torno a la universidad y a un centro de la Administración Federal de Aviación. Es decir, en el actual panorama electoral, no encaja con el espectro de lo rural que ha estado recorriendo el país, y al cual se ha achacado el ascenso de Trump.
No obstante, si rebasas sus fronteras y visitas los aledaños comenzarás a ver los letreritos TRUMP/PENCE clavados frente a decenas de residencias. Más o menos siete de cada diez de estos, según conté el domingo en una encuesta altamente ineficaz, están frente a casas desmejoradas en poblados fantasmas, en los cuales las fachadas de viejas tienditas, al igual que de grandes fábricas, permanecen como recuerdos de una época pasada. Aún para mí, que tengo cero conexión con el lugar, es difícil no detenerme y mirarlo todo con cierta nostalgia, imaginar aquella ruina como cosa viva. Cuando pasé, quedaban dos tiendas activas: una casa de empeño, que decía tener el mejor precio para el oro en el estado, y una gasolinera.
Estas partes figuran como uno de los destinos recurrentes de Trump. De hecho, los motores principales de su candidatura han hecho combustible de esa nostalgia, alimentándose de la indignación, mil prejuicios, un sentimiento de solidaridad proletaria rechazada por izquierdistas bienpensantes, y una rabia honda y milenaria.
Estos poblados son las sobras incómodas de cambios económicos que comenzaron hacia finales de los setentas y despuntaron en las décadas siguientes. Sobras salvajes que ni el imaginario cultural estadounidense actual ni el político pueden incorporar. Sobras indeseables que hoy, que las encuestas comienzan a calmar el pánico “trumpista”, muchos parecen demasiado felices de volver a ignorar.

miércoles, octubre 12, 2016

la tiranía de la contingencia, así le dice roth a la biografía


Sometime you're lucky and sometimes you're not. Any biography is chance, and, beginning at conception, chance - the tyranny of contingency - is everything.--dice Phillip Roth en una de sus últimas novelitas (mongas), Nemesis.

lunes, octubre 10, 2016

tres elementos claves del moralismo curioso de foucault

Te mencionaba anteriormente los tres elementos de mi moral. Estos son (1) la negación a aceptar como evidente las cosas que se nos proponen; (2) la necesidad de analizar y conocer, dado que no podemos llevar a cabo nada sin la reflexión y el entendimiento – de ahí el principio de curiosidad; y (3) el principio de innovación: buscar en nuestras reflexiones aquellas cosas que nunca han sido pensadas o imaginadas. En resumen: negación, curiosidad, innovación--dijo alguna vez Michel Foucault, en una entrevista que traduce la gente de Lobo suelto!