viernes, julio 18, 2014

fuck art, le dijo ella, después de una vida


“Fuck art,” she said. “I mean really, Michael. Fuck art, okay? Isn’t it funny how we’ve gone chasing after it all our lives? Dying to be close to anyone who seemed to understand it, as if that could possibly help; never stopping to wonder if it might be hopelessly beyond us all the way – or even if it might not exist? Because there’s an interesting proposition for you: what if it doesn’t exist?”
He thought it over, or rather made a grave Little show of pretending to think it over, holding his own drink firmly on the table.

“Well, no, I’m sorry dear,” he began, knowing at once that the ‘dear’ should have been edited out of the sentence, “I can’t go along with you on that one. If I ever thought it didn’t exist I think I’d—I don’t know. Blow my brains out, or something.”
“No, you wouldn’t,” she told him, putting her glass down again. “You might relax for the first time in your life. You might quit smoking.” 
 de Young Hearts Crying, Richard Yates.
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lunes, julio 14, 2014

Tema del inmigrante y la necesidad, reseña de Barra china de Manolo Nuñez Negrón


Tema del inmigrante y la necesidad, reseña de Barra china de Manolo Nuñez Negrón.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (14 de julio del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón


De una fila de vagones varados en un muelle, en una tarde de calor sofocante, escapa un hombre chino que ha cruzado el Oceano Pacífico ilegalmente. Su nombre es, o fue, Yuga Wang, y es el único sobreviviente de un grupo de trabajadores clandestinos que viajaba en uno de los vagones. Muy rápido, antes de poder tan siquiera recuperarse, Yuga descubre que el tráfico humano apenas comienza en la travesía. Todo lo que le sigue a la dura escena de su llegada, ocupa las ochenta páginas de la novela Barra China de Manolo Nuñez Negrón en una narración igualmente dura que no busca tomar rehenes.
Una vez instalado en su empleo en un restaurante chino, Yuga Wang comienza a conocer su entorno y las condiciones de su estadía. Sin quererlo, se percata que su contrato no ha sido más que una trampa, y que la organización que posee su deuda, ha triplicado el monto. De ahí en adelante, Yuga se verá imbricado en una creciente ola de violencia atada a redes del bajo mundo que no sólo trafican drogas y estupefacientes, sino también seres humanos. En la lucha que decidirá emprender para conseguir su libertad, hallará compañía en la amistad, el cariño y, a pesar de todo, la esperanza. 
Todo esto sucede rápido, apenas dándole al lector tiempo para respirar. La narración de Nuñez Negrón, que también es autor del libro de relatos El oficio del vértigo, sigue un ritmo vertiginoso que interrumpe cualquier curiosidad que podamos tener con respecto a los personajes. Sin embargo, el autor logra utilizar la velocidad a su favor, y, abandonando la biografía, prefiere la relación de causa, la breve noticia de vidas infames como modos narrativos.
En Barra china, publicada por Libros AC y disponible en las librerías del país, Nuñez Negrón nos ofrece un relato que, mientras progresa, se transforma en una oscura y trágica fábula de la inmigración clandestina. Una fábula que bien pudiera ser la historia de cualquier persona que se ve obligada a salir de su país de maneras extralegales. La novela de Nuñez Negrón insiste en explorar ese hiato, ese descarnado periodo que sigue para los migrantes después de cruzar océanos y mares y de caminar desiertos. De este modo, Barra china es un texto apropiado para la época, para la crisis humana que nos azota. Una crisis que no es sino la otra cara de las innumerables políticas de austeridad que se propagan de país en país, aferradas a balancear presupuestos que ven en su costo humano sólo un daño colateral.

Para hoy en las noticias en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón.


miércoles, junio 25, 2014

los vagos, una columna

Esta columna salió publicada en el miércoles, 25 de junio del 2014 en El Nuevo Día.

Arrabal Placita de Caguas, 1952

Corría la primavera del 1828 y, en una movida que había tenido y tendría múltiples iteraciones, el congreso mexicano pasó una legislación que formó un tribunal especial para combatir lo que, a su parecer, era el mal que tenía al joven país amarrado a la crisis económica: la vagancia.
Concepto harto acogedor, vagancia implicaba a mendigos y rateros; a obreros  hallados fuera de talleres en pleno día laboral, a desempleados, a desocupados de desconocido abolengo, y a cualquiera que, a ojos recatados, no pareciera gente decente.
El Tribunal de Vagos fracasó en pocos meses, pero no fue una huérfana paja mental. Era parte de una camarilla de pajaritos preñados que constituía la imagen de una nación futura y desarrollada. Para ese México a venir, decían, la promesa del progreso necesitaba tanto la pacificación del territorio, como la implantación del espíritu de emprendimiento, la moral, ética, y el amor del y por el trabajo que juraban era el motor primordial y único del desarrollo y las riquezas de sus vecinos anglosajones.
Los defensores del Tribunal insistían, en palabras desquiciadas similares a las expresadas por algún ex-presidente universitario recientemente, que el problema no era sólo el fallo estructural, sino que el problema también era la gente y sus actitudes. Los legisladores (como el ex-presidente) argüían que la crisis no se evadiría mientras el pueblo permaneciese enajenado, existiendo del día a día, sin trabajar o esforzarse.
Claro, estaban profundamente conscientes de que el país estaba sitiado por guerras, que el desempleo cundía, que la estructura misma imposibilitaba la mejora inmediata. Pero, como vemos (aun hoy), cuando las cosas se pintan complejas, siempre es más fácil evitar el pensamiento crítico, proceder a culpar a aquellos más afectados por las crisis. Culparlos por las dificultades que padecen, claro, pero también por las del resto del país. Después de todo, el moralismo y el voluntarismo del acomodado son, y han sido siempre, tremendas malas mañas.


viernes, junio 20, 2014

Angst, Wéilsong, y otros nombres para Rubén Ramos: reseña de "Angst" y "Wéilsong".

Arte de Cristian Guzmán Cardona, quien ilustra 'Wéilsong'.
Angst, Wéilsong, y otros nombres para Rubén Ramos: reseña de "Angst" y "Wéilsong".
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (2 de junio del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón

Desde su primer poemario titulado Angst, hasta su obra más reciente Wéilsong, Rubén Ramos se ha caracterizado por ser un poeta de los tonos grises. Junto a otros poetas de la pasada década, como Mara Pastor, Nicole Cecilia Delgado y Xavier Valcárcel, Ramos ha apostado por esculcar muy de cerca los tiempos en los que vivimos, adentrándose y explorando la vida después de las utopías, sin por ello rendirse a los trillados ámbitos del pesimismo o al traspié de la nostalgia.

Su primer libro, que lleva como titulo la palabra alemana para la angustia, "Angst", es un libro sobre el juego en una época de ruinas. Sobre un juego de "escondite" en el que el niño que se esconde no se ha dado cuenta que ya nadie lo busca, o que se escondió tan bien que se ha perdido. Los 113 poemas que lo componen son breves cantos de una alegría agridulce, de una persona que decide continuar a pesar de las circunstancias. En uno de sus poemas más emblemáticos, Ramos escribe, en forma de sentencia: “Huir no libera cuando naces donde no hay jaulas / Visitar el zoológico con empatía no me hace bestia / Me gusta ladrar, como el perro que persiguiendo gatos insiste hasta donde permite su cadena”. En este sentido, la poética de Ramos niega la celebración optimista, pero del mismo modo niega hallar en estas épocas de carencia y austeridad el fracaso. La táctica de Ramos es distinta: ocupa las ruinas de las promesas rotas, e insiste en hallar allí su solaz, no para construir sobre ellas, sino para enunciar desde su regazo.

Esta es la táctica que vemos en su más reciente libro, que lleva como título la misteriosa palabra "Wéilsong", publicado con esmero por Atarraya Cartonera, y disponible, al igual que el anterior, en las librerías del país.

Ante la pregunta de ¿qué es Wéilsong?, podemos responder: un nombre. Pero, ante la pregunta de ¿qué nombra? La respuesta se hace más difícil. Como un Altazor puertorriqueño, Wéilsong es el nombre de lo posible, una palabra que, como ese poema de César Vallejo, da paso a su propio mito. A diferencia del Altazor, sin embargo, que se descompone mientras progresa el poema, Wéilsong no va en picada. Todo lo contrario. La palabra que le da nombre a este extenso poema  es siempre ascendente. Es decir, Wéilsong al fin y al cabo nombra una figura muy para esta época, una figura que lleva un paso más allá la apuesta que el poeta comenzó en "Angst". Para Rubén Ramos, Wéilsong es el nombre de la posibilidad de lluvia en un mundo en sequía. O, dicho de distinto modo, Wéilsong es también otro nombre para la esperanza.

Para Hoy en las Noticias, en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón

miércoles, junio 18, 2014

el animal desempleado, dixit Agamben

The human is the animal that has no job: it has no given biological task, no clearly prescribed function, dixit Agamben, en la entrevista Thought is the courage if hopelessness, parafraseando esa idea del animal sabático que tanto me gusta, y que he comentado por aquí y allá antes

viernes, junio 13, 2014

jorge portilla y la esperanza tecnofuturista

Entre paréntesis: esta universalidad de la ciencia y la técnica es, por decirlo así, tan poderosa, contribuye tan fuertemente al advenimiento de la unidad de la humanidad, que escapa a la garra de la guerra fría. Esto es de una importancia superlativa. El único terreno de competencia humana, de competencia civilizada, no bélica, entre el bloque socialista y el capitalista es el terreno de la ciencia y de la técnica. En el que ambos contendientes no tienen más remedio que quitarse el sombrero, hacer un gesto cortés, humano, civilizado, ante los triunfos del otro, escribió Jorge Portilla en octubre del sesenta y dos. 

martes, junio 10, 2014

el problema es el pacto, dice sada


En general no me gusta hacer frases redondas. Quiero que quede un sesgo de duda o de sospecha. Es una técnica que descubrí al leer la literatura del siglo XVI, luego la picaresca española, los romances. No completar, dejar deliberadamente trunca la frase; por eso uso tan seguido los dos puntos. Es una figura retórica que se llama aposiopesis. No es muy usada porque se demanda comprensión: sujeto, verbo y complemento. Hay mucha conciencia en lo que escribo. A veces los lectores se complican, pero quien acepta mis convenciones se va de corrido. El problema es hacer ese pacto.
dijo Sada en una entrevista

miércoles, mayo 28, 2014

compromiso, una columna

Esta columna salió publicada en el miércoles, 28 de mayo del 2014 en El Nuevo Día.


En 1944, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, el ejército japonés envió a un joven soldado, Hiroo Onoda, a una isla de las Filipinas. Allá, se uniría a una guerrilla dedicada a llevar a cabo ataques contra un asentamiento de Aliados. En ese momento, tenía veinte años. Era alto y delgado. Antes de que abordase el avión, sus superiores, casi como salidos de  tragedia griega, le prohibieron suicidarse, y prometieron que regresarían por él. El joven Onoda, profundamente patriota, no lo dudó por ningún momento.
La guerra terminó meses después. Desafortunadamente, Onoda, en las montañas, cumplió al pie de la letra las órdenes recibidas y se escondió tan bien que jamás se enteró del fin del conflicto. Acató por veintinueve años más. Acató aun cuando el enemigo tiró hojas que explicaban la rendición japonesa, y aun cuando múltiples equipos de búsqueda hicieron incursiones en las selvas que asediaba. Una y otra vez, Onoda pensó que estos intentos eran mera propaganda para socavar su determinación y patriotismo. Después de todo, era imposible que un imperio cayera en cuestión de meses. La bomba nuclear le era impensable. Japón prometió no abandonarlo, y Onoda era un tipo paciente.
Onoda se rindió finalmente sólo cuando, en 1972, trajeron a la única persona a quién le creería: aquel anciano capitán que 28 años antes había dado la orden. Según dicen, al regresar a Japón, pensó que la sociedad que le dio la bienvenida era una deformación de la que fue, de la que él nutrió en su soledad. Onoda permaneció en su país por tres años, antes de huir hacia Brasil para criar vacas.
He escuchado esta historia en la radio en varias ocasiones. Más recientemente tras la muerte de Onoda en enero. Siempre me digo que tengo que escribir algo al respecto, algo que hable sobre la intensidad y el desvarío de algunos compromisos, o de lo que de contingente tiene la política, pero aun no logro descifrar qué. 

lunes, mayo 19, 2014

la vida íntima del escritor ausente, reseña del epistolario de josé luis gonzález.






La vida íntima del escritor ausente, reseña de A veces llegan cartas: Epistolario de José Luis González.
Hoy en las noticias, Crítica de Libros, Radio Universidad de Puerto Rico (19 de mayo del 2014)
Sergio Gutiérrez Negrón
A veces llegan cartas, el epistolario entre el escritor puertorriqueño José Luis González y su amiga y editora Carmen Rivera Izcoa, nos transporta a una época de comunicaciones dilatadas que a generaciones más jóvenes nos puede parecer lejana, a pesar de su cercanía. Escritas entre febrero de 1976 y julio del 87, las treinta y tres cartas que componen el pequeño volumen nos adentran en la vida íntima de uno de nuestros narradores más importantes, entonces radicado en México. Desde las cartas, observamos al escritor intentando mantener ese difícil balance entre la ausencia física y la presencia literaria que es motivo de ansiedad para cualquier artista que busca permanecer relevante en su país de origen. A la vez, las cartas nos ofrecen un retrato mínimo e inédito del mundo literario puertorriqueño de la época, y de la gargantea tarea de la editora de Ediciones Huracán y entonces dueña de la librería La Tertulia, Carmen Rivera Izcoa.
José Luis González vivió entre 1926 y 1997 y fue reconocido principalmente como autor de más de medio centenar de cuentos, entre los cuales encontramos clásicos como "La carta" y "En el fondo del caño hay un negrito", aunque también fue avalado por su ensayística, especialmente el libro "El país de los cuatro pisos",  que generó todo tipo de discusiones en su momento. En 1953, González se estableció en la Ciudad de México, donde permanecería por el resto de sus días y donde renunciaría a su ciudadanía americana para adoptar la mexicana.  Desde allí, el autor, marxista irredento, produjo la última y más exitosa mitad de su obra literaria.
Fue en una visita a la isla entre 1973 y 1974 que el autor conoció a su interlocutora en estas cartas, Carmen Rivera Izcoa, quien poco después emprendió uno de los proyectos culturales más importantes de la época, Ediciones Huracán, en el que González participó activamente, y donde publicó gran parte de su obra.
Casi como si viniera a cerrar un ciclo importante en la propia vida del editorial, A veces llegan cartas puede leerse como la historia personal de Ediciones Huracán. De modo que también se lee como una historia personal de la literatura y cultura puertorriqueña de la época. Por entre sus páginas, proliferan reconocidos pintores, críticos, y escritores de los años setentas y ochentas, se reviven viejos chismes, se airean malos negocios, se comentan históricos debates. Carta tras carta, el libro nos lleva tras las bambalinas y nos hace ver que detrás del velo misterioso de la vida cultural de cualquier época, siempre hay negocios y conflictos y costumbres, pero más importante que todo eso, siempre hay gentes y pasiones.
Para hoy en las noticias en Crítica de Libros, Sergio Gutiérrez Negrón