martes, septiembre 05, 2017

un poema algo esperanzador ante la catástrofe, del poeta muerto john ashbery


AMID MOUNTING EVIDENCE

I was reading about dinosaurs:
Once the scratching phase is over, and the mirage
Or menage has begun, and the world lies open
To the radiation theory (tons of radiation, think of it,
Reversing all normal procedures
So that the pessimistic ball of wax begins
To slide down the inclined plane again
Bringing further concepts to their doom while encouraging
The infinity of loose ends that
Is taking over our government and threatening to become life
  as we know it!)
It is time to slink off to one’s post in some cold desert
(Not the Sahara, more like the Gobi actually)
And wait amidst that sadness known as banishment
For the point to reappear, though it may never do so,
And what was that strange uniform?

Only that we lived happily in ever-after land
And the fire of my mind was still with us then
Prevented the object of these negotiations from becoming a
   toy
Farther down the keyboard (and of course this did happen
Later on, every potential is realized if one waits long enough
Only by that time the context may have faded, fragile
As summersweet or the light on a windowsill, and then,
And then, why the text will be seen as regular
Only no one wants to play anymore; games
Have their fashions much as truth does) and our lives from
Being turned into a shambles too large to deal with,
  unreasonable;
And as masonry weathers, as moths are silently at work in
  blankets
Even as you read this, I saw no reason for complaint
Or murmur and the entourage liked me, agreeing
With me that this wasn’t the right time nor place,
That arguments would be foreshortened if initiated now.
-->
Yet this toothache that never seems to go away.

sábado, agosto 19, 2017

sobre el tic toc diario, barnes dixit

We live in time--it holds us and molds us--but I never felt I understood it very well. And I'm not referring to theories about how it bends and doubles back, or may exist elsewhere in parallel versions. No, I mean ordinary, everyday time, which clocks and watches assure us passes regularly: ticktock, clickclock. Is there anything more plausible than a second hand? And yet it takes only the smallest pleasure or pain to teach us time's malleability. Some emotions speed it up, others slow it down; occasionally, it seems to go missing - until the eventual point when it really does go missing, never to return; dice Julian Barnes en Sense of an Ending y con esta termino las tres citas que encontré en un e-mail que me envié hace unos añitos. 

viernes, agosto 18, 2017

la golpiza cotidiana, sigue barnes

I certainly believe we all suffer damage, one way or another. How could we not, except in a world of perfect parents, siblings, neighbors, companions? And then there is the question on which so much depends, of how we react to the damage: whether we admit it or repress it, and how this affects our dealings with others.Some admit the damage, and try to mitigate it; some spend their lives trying to help others who are damaged; and there are those whose main concern is to avoid further damage to themselves, at whatever cost. And those are the ones who are ruthless, and the ones to be careful of; dice Julian Barnes en Sense of an Ending según un e-mail viejo con el que me tropecé y que parece que me envié a mí mismo cuando leí la novela hace unos años, y del que he estado poniendo citas los pasados días. 

jueves, agosto 17, 2017

vida≠literatura, dixit julian barnes


This was another of our fears: that life wouldn't turn out to be like literature; dice Julian Barnes en Sense of an Ending según un e-mail viejo con el que me tropecé y que parece que me envié a mí mismo cuando leí la novela hace unos años. 

miércoles, julio 26, 2017

sobrevivir la porquería, una columna




Sobrevivir la porquería



Llevo como un año pensando que la situación del país tocó fondo y mañana tras mañana descubro que me equivoqué nuevamente y me digo, con una seguridad inocente, “ahora sí es que es”. Pero vuelvo a errar y repito toda la rutina otra vez el día siguiente.
Ya ni lo digo por la existencia de la Junta.
 Si no lees los periódicos y borras a todos tus conocidos que hablan de política por Facebook, puede llegar a parecer que la Junta no existiera. La Junta, después de todo, sigue estando compuesta por las mismas gentes, por los mismos apellidos. Y, para bien o para mal, los golpes de sus medidas tienen más de tortura china que de operación militar gringa y aunque ambas tácticas matan, la primera toma más tiempo en registrar.
Lo que me hace pensar que la cosa tocó fondo es, más que nada, lo demás. Por ejemplo, las cenizas en Peñuelas. O la retrógrada perseverancia del discurso homofóbico. O el sádico individualismo de muchos a quienes cualquier reclamo de justicia (educativa, social, económica) les parece changuería, disturbio, vagancia. Etcétera. 
Después de todo, la situación del país no es sólo la porquería de clase política. La situación política es, también, la gente. Y, caramba, mañana tras mañana intento negármelo con todas las herramientas críticas e imaginativas que tengo: contextualizo, historizo, narrativizo y todo eso, pero como quiera me asedia la conclusión de que hay mucha gente porquería. Supongo que la hay en todos lados, pero qué chavienda.
Así que, esta mañana, desperté y acepté que no hay fondo que tocar. Que se trata de una caída libre. Que ya. Que quizás sólo queda darle la espalda al asunto y comenzar a vivir como si estuviéramos en una de esas películas posapocalípticas que tanto pegan últimamente y en las que, ante la debacle, la justicia y la política vuelven a desplegarse en lo cotidiano, en el entablar una forma de vida un poco menos puerca que la anterior.

miércoles, junio 28, 2017

malas lecturas, una columna




A principios de mayo un estudiante preguntó en clase si Puerto Rico estaba efectivamente bajo dictadura. Hablábamos de literatura contemporánea, de un libro de cuentos reciente del escritor Juanluís Ramos que no tiene nada que ver con política. Antes de responder, pensé en el libro: los relatos giran, a grandes rasgos, en torno a un personaje homónimo que sufre humillación tras humillación y que, al son, se hunde cada vez más en una depresión abúlica. Es cómico.
No vi conexión alguna e iba a descartar la idea pero, como sucede en estas clases de final de semestre en las que todos estamos agotados, no lo hice a tiempo (retrospectivamente uso de excusa que una clase de literatura debe abrirse, también, a la imaginación). Otro estudiante tomó la idea e inmediatamente pactó con los de su corillo que sí. Como estaba al día, lo asoció a la huelga de estudiantes que corría por entonces, a la Junta y, ante miradas cínicas, procedió a buscar una definición en el diccionario.
Una dictadura, dijo, acentuando las sílabas llanas y diptongando un poco las vocales, es “un régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales”.
“Exacto”, dijo otra, quien creo no había leído el libro, y pasó a argumentar que la depresión y la abulia eran metáforas para la falta de agencia del pueblo y la imposición unilateral de medidas de austeridad. Alguien añadió que la abulia también podía ser, de cierto modo, un modo de resistencia. (Cabe notar que “agencia”, “resistencia” y “subversión” son palabras diarias de este College).
Era una lectura terrible del texto, claro. A veces un tipo deprimido es un tipo deprimido, les dije. Sabía que me retarían, porque es parte de lo que jugamos. Joven y más radical que yo, una me respondió, riéndose, que a veces una dictadura es una dictadura.

martes, mayo 30, 2017

una entrevista relámpago, por egidio colon


Acá una entrevista relámpago y juguetona que me hizo Egidio Colón para un periódico juguetón al que le llaman El Adoquín Times.

¿Tus autores(as) favoritos en prosa?
Más que autores, tengo libros que me gustan mucho. Los principales serían: Felices días, tío Sergio de Magaly García Ramis, Remains of the day de Kazuo Ishiguro, La mujer en las dunas de Kobo Abe, Página en blanco y staccato de Manuel Ramos Otero, Gilead de Marylinne Robinson, Stoner de John Williams, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe de Daniel Sada, A Mercy de Toni Morrison, y Light in August de William Faulkner. ¿Y en poesía? Mi poeta de cabecera es C.K Williams, pero la poesía que leo constantemente es la puertorriqueña contemporánea, y de ahí soy aficionado de muchos. Tres que se me ocurren: Mara Pastor, Xavier Valcárcel, y Rubén Ramos.
¿Cual es el principal rasgo de tu carácter?
Difícil. Diría que el hecho de que hago una división artificial entre mi vida social y mi vida privada. Fuera de la casa soy muy social y me encanta estar con gente, pero cuando estoy en la casa, para el pesar de mi esposa, soy extremadamente antipático.
¿Cual es tu ideal de la felicidad?
Creo que dependiendo del mood, diría que ser feliz sería o vivir en una gran comuna rodeado de la gente que quiero; o vivir en un monasterio. Ahora que lo digo, las dos me parecen insoportables, así que, mientras tanto, con estar vivo y que se luche por un mundo más justo está bien.
¿Cual es tu principal defecto?
Mi afición por el hábito, la costumbre y la rutina. Quizás resultado de la escuela católica, o del haber tenido trabajos part-time que odiaba y que me obligaban a mirar el reloj minuto a minuto, o el de no haber tenido carro cuando vivía en Caguas y, por lo tanto, haber dependido de gente impuntual o de la guagua pública, que es lo mismo.
¿Un héroe (ina) de ficción?
No sé si héroe, pero mi personaje favorito sería Stevens, el mayordomo de la novela de Kazuo Ishiguro. Es un héroe tan pero que tan bueno que no puede sino sufrir. Su contraparte sería Flem Snopes, de la trilogía de Faulkner. Un personaje extremadamente desagradable, pero de antología.
¿Tu compositor(a) favorito?
¡Leonard Cohen!
¿Tu pintor(a) favorito?
Edward Hopper.
¿Que habito ajeno no soportas?
La mezquindad.
¿Cual consideras la virtud más sobrevalorada?
La aspiración





miércoles, mayo 24, 2017

días raros, una columna




La foto es de El nuevo día.

Han sido días raros. El miércoles pasado sintonicé la radio y hablaban de Oscar López Rivera. Pasé a las redes sociales y varios medios transmitían con una costa de trasfondo y allí hablaba este hombre, ataviado en negro, sí, pero en un negro que lo hacía parecer fotoshopiado. Daba la impresión de que lo sacaron de otro lugar y lo pegaron en aquel cuadro y que, a todo esto, la operación había sido ejecutada por un principiante. No lograba verse natural. Había algo en cómo la superficie de su ropa, de su piel, y el rojo de sus zapatos repelían la luz del sol que aumentaba la impresión.
Las preguntas y las respuestas ofrecidas no hicieron más que intensificar la sensación de dislocación. Al escucharlo, sentía que estaba frente a una cápsula del tiempo, una retransmisión de algo que había pasado hacía mucho, pero de lo que sólo había leído u oído hablar en murmullos.
Pero no escuchaba, realmente. Eso me tomó un rato. Tuve que aguzar la oreja, primero. Luego, el ojo. Una vez lo hice la cosa cambió. Expandí el video hasta que ocupó todo el monitor y fue entonces que me percaté que me había equivocado.
No era el cuerpo que distorcionaba la luz. Esta parecía provenir de una fuente que no entraba en la cámara. Nunca he sido muy bueno en la edición de fotos ni videos, pero juré que, de hecho, era el trasfondo playero lo que repentinamente parecía artificial, que lo único que observaba en tiempo real era precisamente al hombre en negro. De improvisto, las respuestas se hicieron extremadamente relevantes, fuertes toneladas de contemporaneidad que me tomaron por sorpresa.
Han sido días raros, sí. Desde entonces, cada vez que leo o escucho a Oscar López Rivera hablar me veo en las mismas, alternando entre ambas sensaciones, las de un pasado que suena impropio y un presente demasiado vivo. Una sensación bienvenida, supongo, en tiempos desmemoriados.

jueves, mayo 18, 2017

El hábito que se vuelve oficio, una entrevista

 Acá un reportaje que salió hoy (18 de mayo del 2017) en Índice, por Zorian Chacón O’Farrill. 


Sergio Gutiérrez, entre los mejores a los 30



El escritor boricua fue seleccionado por su excelencia literaria en el género de ficción


18 de mayo de 2017 07:28 am
Zorian Chacón O’Farrill zorian.chacon@gfrmedia.com
La introducción será sencilla como el hombre. Sergio. Unos cuantos años pero menos de cuarenta. Por esa razón -y otros títulos- su nombre está en la lista de los 39 mejores autores jóvenes de ficción de Latinoamérica del “Hay Festival”.
Sergio no recuerda cuando comenzó a escribir. Quizás porque era aún más joven o porque se le dio de manera tan orgánica que el oficio se le fue revelando después cuando ya no tenía doce años y ya no leía cómics. Pero sí recuerda su libretita en la que, una vez cada par de meses, creaba historias. También que sus primeros premios fueron en el certamen de cuentos “en el que nadie participaba” pero que lo motivó a escribir un buen relato cada año.
“Escribía otras cosas entremedio, pero eso se hizo costumbre. Después cambiaron los intereses pero se me quedó la costumbre de escribir”, comparte.
De ahí que la escritura nunca se le haya emancipado del recuerdo de un hábito que –no infantil– desarrolló cuando era un niño.
“Ese hábito sobrevivió las razones por las cuales lo hacía. No sé por qué lo hacía. Pero me gusta pensar que es el choque entre ese hábito de escribir y las diferentes circunstancias en las que uno escribe. Para mí así funciona: Hábito + circunstancias= imaginación”.
Sin tener la publicación como norte, fue reconociendo la escritura desde la libertad de imaginar “más cosas” y no fue hasta el 2008 que –quizás- el hábito se tranformó, más que en una etiqueta, en un modo de mirar y entender el mundo.
“No me gusta decirme que soy escritor porque me siento incómodo con eso. Me gusta pensar que escribo”.
La distancia que hay de Atlanta a Puerto Rico, y tal vez mayor, es la misma que se da entre el proceso de escritura y la posterior publicación de la “costumbre” hecha libros. La distancia física entre el escritor y el lector le resulta conveniente –precisamente– porque hace menos frecuente la necesidad de identificarse como quien escribe y le deja como único hábito la responsabilidad de escribir.
“Para escribir no es necesario que nadie te lea…para hacerse escritor lo primero sería no pensarse como escritor y pensarse como alguien que escribe. Lo de escritor y autor viene con ciertas cargas sociales que se vuelven como un poco mito. Te vuelves un personaje que no es el mismo personaje que escribe”
Estar seguro del texto + asegurarte que hace lo que tú quieres que haga (- “ya si la gente entiende que lo hace o no, no es tu problema)= publicar.
“La publicación como tal es un encuentro de las circunstancias sociales y económicas posibles. Conocer a alguien que sea un editor y que sea alguien que crea en tu trabajo es algo muy importante. Hay gente que se ha autopublicado sus libros y les va muy bien. Yo todavía creo y confío mucho en los editores”.
“Lo primero es leer y escribir. Si estás comprometido con eso, lo tercero llega por consecuencia”.
ÍNDICE: De vuelta a la primera ecuación (Hábito + circunstancias = imaginación), ¿Cómo ayudan las dolencias personales al quehacer artístico? ¿Qué papel juega la imaginación?
SERGIO: La experiencia personal es la materia prima para explorar otras cosas. Compone algo. Pero no debemos estar limitados a lo que vivimos. La literatura debe ser más libre que eso. La literatura es capaz de expandir los límites de lo posible. La literatura nos ayuda a pensar otras formas de vivir. Ese es el tipo de imaginación que me interesa. Tomar una situación actual y utilizar la imaginación, no solo como invención, sino como aparato crítico, y pensar el presente. Cuando nos dicen que las únicas opciones que tenemos para salir de la crisis son A y B, todo el mundo tiene la responsabilidad de imaginar una C.
Sergio cuenta de una explosión en la literatura puertorriqueña que permanece heterogénea y que el escritor –o aspirante a ser de los que escriben- debe conocer la tradición literaria de la Isla para crear a partir de ella.
A pesar de la crisis -y por ella- es que considera que en Puerto Rico hay menos obstáculos para comenzar a escribir porque no es necesario pertenecer a grupos selectos.
“Los obstáculos para mí serían no caer en las trampas de los talleres. Eventualmente enfocarte en tu obra y difícil sería encontrar tu propia voz. Por más ganas que tengas de entrar al mundo literario no debes sacrificar las razones por las cuales comenzaste a escribir”.
Recordar siempre el primer hábito. Por cualquiera de las razones. Por el sustito en el estómago que se convirtió en tu vergonzoso primer poema. Por el miedo o la incertidumbre de la primera vida que -al extinguirse- te dejó frente a un espejo preguntándote a dónde van cuando cierran los ojos para siempre. Por alejarte o por quedarte. Recordar.

*Sergio Gutiérrez Negrón es autor de Dicen que los dormidos y Palacio. Está próximo a publicar Los días hábiles. Además es columnista y traductor. Actualmente reside en Estados Unidos.