martes, octubre 16, 2018

Leen una de mis crónicas en la radio argentina

Lectura en Radio Habana (septiembre del 2017)


Encontré este video ayer de una lectura que hice del primer capítulo de Dicen que los dormidos en Cuba el año pasado. y decidí subirlo a las redes Como siempre, leí a mil (¡bájale, nene!).

martes, septiembre 25, 2018

A toda costa: narrativa puertorriqueña reciente

Dice Mara Pastor, en el prólogo de A toda costa: narrativa puertorriqueña reciente, en la que se encuentra mi cuento "Velar santos": 


Al escuchar la expresión “a toda costa”, pienso primero en la acepción de “costa” que significa “orilla” antes de pensar en “costo”. Ser de una isla te hace estas cosas. No obstante, como saben, la frase es sinónimo de “cueste lo que cueste” o “a como dé lugar”. Esta intersección entre ambas posibilidades, la costa como “borde” y la costa como “costo”, resulta, sin duda, sugerente en este momento de la historia. Si añadimos que “a como dé lugar” señala la imposibilidad de ocupar el espacio tal cual se presenta (...) se puede afirmar que la narrativa puertorriqueña se escribe a toda costa, a como dé lugar (...) ¿Qué es lo que este cuerpo/corpus narra a toda costa?” (De la nota al lector). Estoy súper feliz por la publicación de “A toda costa” y su presentación en la Feria del Libro del Zócalo.. Gracias a todxs lxs narradorxs que colaboraron.

martes, septiembre 04, 2018

Caguas, una columna




En junio, salí tempranísimo de la casa de mis papás en Bairoa y encontré la Avenida Luis Muñoz Marín de Caguas tan vacía que pude hasta casi imaginármela nueva. No tenía ni idea de cuándo la construyeron, pero supuse (incorrectamente) que no hacía tanto, que seguramente el municipio entero rebosó los cauces que lo mantuvieron ruralía en algún momento de los años sesenta. Pero me la estaba inventando, claro. En mi recorrido madrugador, me di cuenta que me habría gustado poder racionalizar el entorno, historizarlo. Desafortunadamente, sólo cuatro o cinco municipios en esta isla se permiten a sí mismos la vanidad de tener historia. Los otros se entregan a la merced de la memoria de sus habitantes.
Si cierro los ojos y pienso en el municipio, veo la plaza, el Paseo de las Artes, y un tramo vulgar y cotidiano pero específico de la carretera que me encanta desde niño. Es el pedacito que va desde la irrupción violenta de la Avenida en una de las orillas de la PR#1 hasta el punto donde coincide con la Rafael Cordero. Justo a la mitad de ese trayecto de milla y media está el Caldero Chino, un restaurante al cual nunca he ido a pesar de que le he pasado por el lado un millar de veces, y casi diametralmente opuesta a este, la inmensa torre de los Condominios Santa Juana. Cuando era niño, toda esa área apestaba mucho.
Otro lugar que puedo visualizar sin mucho esfuerzo, también en la Rafael Cordero, es el Parque de béisbol Solá Morales, antiguo hogar de los Criollos de Caguas, a pesar de que fui sólo dos o tres veces de niño. Pero no insistiré en este aquí, ya que recientemente han anunciado que, en vez de conservarlo, o museificarlo, lo derribarán. He decidido que sólo recordaré las calles cagüeñas y nada más, así me será posible hacer las paces con el hecho de que mi municipio insiste en hacerse estandarte del afán del olvido y la desmemoria.

martes, agosto 07, 2018

Mala hierba, una columna




Mala hierba

De repente, parado en pleno jardín con guantes puestos, me doy cuenta que no sé qué estoy haciendo. Digo, sé que, para darle paz al vecindario, finalmente me estoy encargando de poner el jardín de la casa en orden. También sé que esto implica arrancar las malas hierbas, dejar espacio específicamente para las plantas que florecen o florecerán. Sé que, para lograrlo, no debo tener presente sólo lo evidente, sino más importante poder entender tanto el pasado y futuro de aquello que he dejado convertirse en matorral.
Ante la creciente sensación de estar donde no debo, miro los jardines de los vecinos e intento comparar los matojos que crecen aquí y allá. ¿Qué tan difícil puede ser? Decido hacer lo que sí sé y me siento entre las plantas y me busco por internet qué exactamente caracteriza una mala hierba. La definición clásica, desafortunadamente, no ayuda: es cualquier planta que crece espontáneamente, fuera de lugar.
Al verme, una vecina recomienda que me asegure de eliminar las raíces de no-sé-qué. Le sonrío y digo eso intento, pero que esas malditas se escabullen. Se ríe y dice que así es. La farsa me hace sentir aún más inútil.
Mentiría si les dijera que cuando vivía en la isla era un especialista en la flora cagüeña. Pero, más allá de poder diferenciar entre equis y ye planta, lo que sí tenía era el vocabulario para nombrar todo lo que crecía por mi casa. De hecho, no sólo lo que crecía. Creo que podría nombrar cada ave que pasaba por nuestro patio, cada insecto y lagartija.
La migración no sólo implica grandes cambios y desplazamientos, o pérdidas y ganancias dramáticas. Hay todo un registro de pequeñas dislocaciones que nos toma años descubrir. Pérdidas mínimas —hasta banales, es cierto—, por ejemplo, la incapacidad de nombrar esas flores de pétalos amarillos que se estiran como una falda en una cintura morena y que, al mirar alrededor de mí, a los lindes del jardín, me rodean.

sábado, julio 21, 2018

sed de historia, una columna



Sed de historia

Últimamente despierto con sed de historia. Llevo casi un mes así, con una sequía en la garganta que no logro saciar ni con la historia que aprendí en la escuela y en la universidad.
Sufriendo de la condición, el otro día daba una vuelta por la Plaza de Caguas y, viéndola aun arrasada, quise saber algo de ella más allá de los datos sueltos y los recuerdos que he acumulado a través de los años. Al llegar a casa, le escribí a un amigo que parece saber la historia de todo, y me contó de cuarenta años de política municipal, de la época de los nacionalistas en Caguas, las décadas tabaqueras del municipio, y, eventualmente, del hatillo de Tomás de Castro. Sin embargo, mientras leía sus respuestas, me comencé a percatar que lo que busco es otro tipo de historia.
Poco a poco, descubrí que lo más que se acerca a esta, hasta ahora, se encuentra en la anécdota. No sólo la de los viejos, aunque esta es la más ofrecida, la más intrigante. No hablo necesariamente del pasado “histórico”. Hoy por hoy parecería ser más fácil hablar de los años cincuenta y sesenta, que de los setenta, ochenta, y noventa. Resulta que, por alguna razón, es ahí que se halla el vaso de agua que ansío. Cuando se ofrecen anécdotas de esta época reciente, salto a ellas y, sin darme cuenta, me paso de la raya. Las preguntas dejan de ser casuales y se hacen demasiado quisquillosas. A nadie le gusta el averiguau.
Pero es que también he descubierto que lo que intento es enlazar todas estas anécdotas y armar una historia que explique el momento actual; armar un relato que no se agote ni en la política ni en lo personal. Quizás sea ahí, en ese otro registro, desde ese otro lugar, que se pueda contar una historia de la fuerza de esta isla que contenga esa cosa que la mantiene flotando aún en este perenne estado de sitio.

martes, junio 05, 2018

el limonero, una columna



Confieso que es la primera vez que regreso a la isla después del huracán. También que, cuando me levanté el segundo día y salí a caminar por el patio de la casa de mis papás, olvidé los estragos de las ráfagas, los videos, los zapatos frente al Capitolio y, con ellos, nuestros muertos. No fue un olvido intencional sino una de esas lagunas a las que te empuja a fuerza la cotidianidad. Lo olvidé todo y, aunque me pregunté por el palo de guayabas que ya no estaba, hice un repaso de los otros y noté que allí seguían, verdes. Me tomó un segundo registrar que, entre el muro de contención que aguanta el monte y el de propiedad que marca el vecindario, detrás de los otros árboles y al fondo del patio, algo sucedía con el limonero.
El palo de limón lo sembraron antes de que me fuera. Pero a través de lo que ya va haciéndose una década de regresos intermitentes e imposibles, lo he visto crecer. Cada vez que vuelvo, salgo a coger los limones verdes y duros que produce y los exprimo a la docena hasta sacarles el poco jugo que insisten en ofrecer y que siempre me ha parecido una prueba fehaciente del carácter voluntarioso de la vida vegetal.
El limonero estaba seco. A primera vista, sus ramas se expandían en todas las direcciones, fuertes. Pero no tenían ni una hoja. Toqué una rama y pude romperla sin esfuerzo. ¿Qué le pasó?, me pregunté y, al instante, noté que si las ramas permanecían en su lugar era porque alguien—mi padre, supongo—les había armado un exoesqueleto de alambres y sogas finitas que las mantenían en su lugar. Tracé el armatoste hasta el tronco y de ahí otra vez hacia las ramas más extensas. En la punta de una, anunciándose futuro, vi dos hojitas verdes renacer.
“María”, me dije, como explicándomelo y me sentí profundamente culpable.
Desde entonces encuentro ese limonero en todos lados; en los letreros aún caídos, en los postes inclinados, en las anécdotas de mis familiares. A primera vista, uno parecería ver el mundo antes de María, pero uno no hace más que acercarse y nota los alambres y soguitas que lo sostienen todo, evitando el desplome.



martes, mayo 29, 2018

la hipnótica materialidad del día a día, decía roth

Llevo, desde la semana pasada, leyendo el último volumen de las obras completas de Phillip Roth, Collected Nonfiction, 1960-2013. Lo he estado leyendo casi como una forma de entrarle al verano que comienza, a alternar modos de estar, pasar de la intensidad del semestre académico a los largos silencios de los veranos del medio oeste. Lo he estado haciendo, además, porque mi esposa está de viaje todo el mes y se me ha olvidado cómo estar solo. En fin, todo esto es un prólogo para otra cita de Roth, del ensayo "The Ruthless Intimacy of Fiction", el cual realmente es una ponencia que dio en alguna actividad en Newark y que pueden encontrar en los últimos 40 minutos de este video. En fin, la cita es un tipo de ars poetica, un pequeñísimo prospectus de la prosa que se dice realista.

Foto de la entrevista que le hizo el NYTimes a Roth el año pasado.

This passion for specificity, for the hypnotic materiality of the world one is in is all but at the heart of the task to which every American novelist has been enjoined since Herman Melville and his whale and Mark Twain and his river: to discover the most arresting, evocative verbal depiction for every last American thing. Without strong representation of the thing—animate or inanimate—without the crucial representation of what is real, there is nothing. Its concreteness, its unabashed focus on all the mundanities, a fervor for the singular and a profound fidelity to the blizzard of specific data that is a personal life, its physicalness, that the realistic novel, the insatiable realistic novel with its multitude of realities, derives its ruthless intimacy. And its mission: to portray humanity in its particularity”