domingo, abril 30, 2017

Nueve cosas buenas de la Junta de Control Fiscal, una columna

Esta columna apareció en El Nuevo Día el 26 de abril del 2017.

Irónicamente, la columna salió publicada al lado de una columna dizque escrita por la directora de la Junta de Control Fiscal. Lo cual prueba que nada en este mundo importa.

Nueve cosas buenas de la Junta de Control Fiscal   

A veces me siento a hacer listas con la intención de encontrarle el lado positivo a cosas que me dan repelillo. A continuación nueve cosas buenas de la Junta de Control Fiscal:
Lo bueno de la Junta de Control Fiscal es que, dícese, no es política, sino un agente moral. Lo que se coge prestado se devuelve.
Lo bueno de la Junta es que, aunque a grandes rasgos está compuesta de la misma jaibería, si le das la vuelta y la pones bocabajo, dice “Made in the USA”.
Lo bueno de la Junta es que, si todo sale bien, ambos partidos podrán decir que supieron tomar decisiones difíciles en momentos difíciles.
Lo bueno de la Junta es que, si todo sale mal, ambos partidos podrán decir que hicieron todo lo posible por suavizar el golpe.
Lo bueno de la Junta es que la gente puede lavarse las manos, decir que lo más que se puede hacer es bregar y pichar pa’ loco.
Lo bueno de la Junta es que sirve de excusa para de una vez acabar con la UPR, y los convenios colectivos, y el salario mínimo, y las pensiones, y las escuelas, y los derechos civiles. Un “plus” es el par de macanazos dados a varios comunistas barbúes y el par de policías encubiertos que juegan a dictadura secuestrando personas y llamándoles arrestos.
Lo bueno de la Junta es que es el momento más sincero de la política puertorriqueña que he vivido. Todo el mundo parece saber que la política es un “show” y que lo que importa son las carteras de los bonistas, y que muchos de estos están en el Capitolio, y que, de una vez, aprovechan para avanzar sus agendas.
Lo bueno de la Junta es que, cuando termine con nosotros, la isla será un “lean, mean fighting machine”. Jardín florido “of magical beauty”.
Lo bueno de la Junta es que, ¿termina con nosotros?

jueves, abril 20, 2017

la erosión de los imperios, según los steins



o, por lo menos,  eso dicen Barbara y Stanley Stein en un libro sobre las últimas y primeras décadas de los siglos dieciocho y diecinueve
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viernes, abril 07, 2017

donde el estilo y la narración se encuentran, apunta piglia


Para mí, hay un punto donde el estilo y la narración se encuentran... Algo que yo llamo el tono de un relato, el tono de un relato, la música de un relato, el ritmo... Para mí, escribir es encontrar ese tono, dice R.Piglia.

martes, abril 04, 2017

si das la vuelta, puede que llegues aquí, por primera vez, otra vez, dice scott-heron



"Turn around, turn around, turn around / and you may come full circle / and be new here again", dixit Gil Scott Heron, en "I'm new here", poco antes de escapar del ciclo

martes, marzo 28, 2017

lo mejor de las novelas son, pura y simplemente, algunos fragmentos, dice juan benet


El otro día escuchaba una charla que dio Alberto Moreiras, titulada Universidad. Principio de equivalencia, en México hace unos meses, en la que este jugaba con la diferenciación entre éxito y logro dentro de la Universidad. En los primeros quince o veinte minutos de su discurso, Moreiras trajo a colación unas cartas del novelista español Juan Benet a un joven Javier Marías. Moreiras jugó con ella, extrapoló, especuló y las llevó más lejos, pero lo que citaba me picó la curiosidad y busqué por internet hasta dar con un breve escrito de Marías en el que citaba la correspondencia del 25 de diciembre de 1986. En una carta, en la que Benet mismo citaba un ensayo suyo que desconozco, lanzó una definición del arte de la novela que siento resonó con ideas que he garabateado en mis cuadernitos. Acá la pongo y pregunto, así de salida, ¿no presenta Benet aquí un modelo tanto de escritura como de lectura?

'El asunto -o el argumento o el tema- [de la novela] es siempre un pretexto y si no creo en él como primera pieza jerárquica dentro de la composición narrativa es porque, cualquiera que sea, carece de expresión literaria y se formulará siempre en la modalidad del resumen. Definir la narración como «el arte de contar una historia» me parece una banalidad incalificable; ni siquiera es una tautología [...]. Pienso a veces que todas las teorías sobre el arte de la novela se tambalean cuando se considera que lo mejor de ellas son, pura y simplemente, algunos fragmentos.' Y si HL 1, HL 2, HL 3, etc. [la novela que escribía Benet, Herrumbrosas lanzas], han de servir tan sólo como piezas de sustentación de unos cuantos fragmentos agradables de leer ¿a qué más puedo aspirar de acuerdo con lo anteriormente expuesto?

[...]"Muchos poetas creen -y en eso oscuramente justifican la brevedad de sus composiciones- que todo o casi todo lo que escriben es de esa condición. Pero es una tontería o una falacia permanente, como la fe de un creyente. Y precisamente la confianza en que todo sea de la misma altura es lo que aborta el fragmento. Por consiguiente, creo que los fragmentos configuran el non plus ultra del pensamiento, una especie de ionosfera con un límite constante, con todo lo mejor de la mente humana situado a la misma cota. Por eso te hablaba antes del magnetismo que ejerce esa cota y que sólo el propio autor puede saber si la ha alcanzado o no, siempre que se lo haya propuesto pues es evidente que hay gente que aspira, sin más ni más, a conseguir la armonía del conjunto."

¿Les parece? Lo leo y no puedo dejar de pensar que el difunto españolete delinea, de cierto modo, una forma de escritura y lectura de novelas: escribir y leer novelas con la esperanza de dar con un fragmento que resuene--¿no es ese un fin ya de por sí satisfactorio, un logro? 

martes, marzo 21, 2017

la carta, una columna





Llegué al aeropuerto el sábado y me recibió mi mamá y mi hermano. Me monté en el carro y, sin aviso ni prólogo, la señora que me dio el segundo apellido también me dio un sobre blanco. Sólo la mano extendida y la carta. Justo en ese momento mi hermano cambió el CD del radio y supongo que la máquina se tardó en leer el nuevo disco, porque se dio un momento de silencio que hizo todo el asunto mucho más ominoso: la carta, la mano, el regreso al País después de año y pico.
No recuerdo la última vez que mi madre me dio un sobre. ¿Será que nunca?
Tampoco recuerdo si alguna vez recibí otra carta del Estado Libre Asociado. Quizás sí. Espero que sí.
No era carta una carta de amor. Todo lo contrario: me estaba dejando.
En ella, la secretaria interina de la Comisión Estatal de Elecciones aclaraba que me estimaba, y mucho, pero le apenaba informarme que, según consta en su récord, no ejercí mi derecho al voto en las dos últimas elecciones generales. Por lo tanto, había tomado una decisión que, de repente, me pareció despiadada, fría. Dijo que desactivará mi registro electoral el mes próximo.
Así, sin pena alguna. No supe cómo reaccionar. Quise decirle que no lo hiciera. Que no era necesario. Que estaba aquí para ella.
Seguí leyendo. La carta venía con ultimátum. Si no hacia lo que me pedía, la decisión sería final. ¿No era lo nuestro algo que trascendía toda ley y jurisprudencia aplicable? ¿No era lo nuestro una relación incondicional en la que ni ella ni yo pedimos estar, pero en la cual nos encontramos súbita y, de cierto modo, felizmente?
Si no hacía lo que me pedía, dijo (su cordialidad me pareció entonces tener más en común con el rencor), no podré participar en el plebiscito del 11 de junio.
El plebiscito: se me había olvidado.

miércoles, febrero 22, 2017

odio a la universidad, una columna

Esta columna fue publicada el 22 de febrero del 2017 en El Nuevo Día. La versión impresa se tituló "Ítem" y la online "Odio a la universidad". 


Hay que meterle mano a la Universidad de Puerto Rico. Eso lo sabemos. Volverla más justa, funcional, ética. Nadie que haya pasado por sus pasillos la dirá espejo impoluto. Nadie que haya trabajado allí, lo habrá hecho por la pura bondad y dedicación a un patrono justo. La verdad es que, a menudo, la Universidad brega súper mal.

Pero los ataques a los cuales se atiene actualmente no están motivados por las ganas de mejorar y renovar los once recintos. Habrá quien intentará pasar gato por liebre y argumentará que sí. Para acallar a estos, existen propuestas prácticas que circulan de vez en cuando y que con la misma frecuencia son ignoradas.

El pasado viernes, por ejemplo, el sociólogo Emilio Pantojas García ofreció un modelo interesante de reestructuración en las páginas de este medio. El mismo día, el físico Daniel Altschuler propuso otras igualmente competentes en la revista 80grados. Ninguna de las dos (y las otras decenas que han rondado) importa para quienes sólo ven la Universidad como un “ítem” más en un presupuesto a balancear. Para ellos, lo que importa es el corte de los trescientos millones. “No es personal, es negocios”.

No obstante, la perspectiva de los tecnócratas de la deuda no es la que he escuchado en estos días bajar alegremente de la montaña. A pesar de ser quienes despliegan la guillotina, no son los verdugos quienes dan susto, sino las masas que se acumulan frente al aparato y se emocionan de verlo en acción.

Motivados una vez más por el ataque a la UPR, ya ronda la buitrería clasemediera (o de horizontes clasemedieros), emocionada ante la posibilidad de rehabilitar su queja: ¿por qué mantengo yo, con mis santos impuestos, esa improductiva cuna ideológica—ellos, tan libres de ideología—, ese seno de vagos que chupan fondos federales —¡oh, defensores del presupuesto gringo!—?

Desafortunadamente, en ese recinto no hay razón que valga. El odio a la Universidad es el mayor obstáculo para su supervivencia.

martes, enero 24, 2017

"Si no es baile, botella y baraja, ni computan", una columna


Hubert von Herkomer, "Hard Times"

"Si no es baile, botella y baraja, ni computan"

Estadistas, moralistas y economistas políticos llevan siglos insistiendo que si el pueblo—cualquiera que sea, desde la España borbónica hasta las nuevas repúblicas decimonónicas—simplemente trabaja un poquito más duro, si deja de quejarse sobre sus circunstancias y cumple su deber, la riqueza y felicidad de la nación no tardarán en llegar. Es cuestión de disciplina, dicen. El problema con las masas trabajadoras, sostienen, es que han olvidado lo que es el sacrificio. Si no es baile, botella y baraja, ni computan.
Convencidos de esto, un par de siglos atrás, estos mismos grupos impulsaron los primeros decretos que criminalizaron la vagancia y los modos “deshonestos” de vivir. A ocho años de la independencia mexicana, por ejemplo, se fundó el Tribunal de Vagos, un órgano policial extrajudicial que finalmente le pondría fin a aquello que obstaculizaba el progreso de la nación. El Tribunal fue el sueño mojado de políticos, oligarcas, y moralistas. Su misión giraba en torno al humillar, procesar, y re-educar. En cuestión de nada, imaginaban, podrían forjar la sociedad ocupada requerida por los modelos económicos que insistían en impulsar.
El Tribunal fracasó muy poco después. Como era de esperarse, ni legisladores ni moralistas se lanzaron a las calles a perseguir a los ociosos. Contrataron personas de las mismas clases trabajadoras que disciplinarían. El número de vagos procesados fue mínimo. Cuando apresaban a Fulano de Tal, los empleados del Tribunal argumentaban que el acusado estaba desempleado en el momento, pero que, a veces, cuando era posible, hacía chivos aquí y allá. Y así por el estilo. Cuando se revisan los documentos en el archivo, lo que sale a colación es que la masa de vagos tan vilipendiada no era tal; lo que existía era una gente que se las buscaba para asegurarse una vida e insistía en sobrevivir, a su manera. Pero claro, la supervivencia y la vida de la masa jamás satisfizo a los estadistas y moralistas de antaño, ni satisfacerá a los que hoy piden sacrificio y austeridad de parte del pueblo.

miércoles, diciembre 28, 2016

lecciones para el fin del mundo, una columna




Lecciones para el fin del mundo

En diciembre del noventa y nueve tenía trece años, pero ya a horas de año viejo estaba listo para un muy difícil resto de mi vida. Días antes me informaron que pasaríamos el 31 en Borinquen Pradera, y, aunque aún no apreciaba la ruralía cagüeña, me alegré. Supe inmediatamente que aquel campo sería idóneo para el último día.
En Bairoa, donde vivía, todo se habría dificultado. Las urbanizaciones no estaban hechas para el fin del mundo. ¿Qué hacer cuando se agotaran la comida enlatada, las bolsas genéricas de cereales, y la inmensa caja industrial de galletas que una compañía le dio a mi familia años antes tras la aparición de un engranaje de hierro dentro de un bizcochito con el que casi me atragantaba?
El campo, sin embargo, le prometía al gordito deprimido y míope que fui, la posibilidad de una larga subsistencia. Conocía los alrededores lo suficientemente bien como para armar una dieta supervivencialista. Alrededor de la parcela familiar había matas de plátano, guineos, gandules, demasiadas gallinas, y un árbol de mangó.
Sin que nadie se enterara, preparé una mochila en la que no sólo estaba lo de siempre, mis libros, libretas de escritura, lápices mecánicos, y mi Gameboy con baterías de repuesta. Añadí además una botella de agua, mi almohada favorita, un cambio de ropa y un cuchillo de mantequilla.
Me acosté a dormir a las 11:40 en balde. Las explosiones que me despertaron no fueron las de un mundo predeterminado haciéndose trizas a fuerza del Y2K y el meteorito de Nostradamus. Fueron las de los gritos, llantos y petardos que suelen acompañar el fin de año. Desperté decepcionado.
Hace poco me tropecé con mi diario de entonces, donde anoté los preparativos. Recordaba hacerlo. Lo que no recordaba era la inscripción que hice el 1 de enero del 2000 a las 12:10, antes de salir a enfrentar a padres, hermanos, tíos, y primos, en una letra extremadamente cuidada: “Debe haber algo más que simplemente aprender a bregar”.