miércoles, febrero 10, 2016

¿simpatía alguna para Flem Snopes?

¿Será posible sentir algún tipo de simpatía por Flem Snopes? ¿Considerarlo, por ejemplo, el único hombre realmente de su tiempo en Jefferson, Mississippi?

viernes, enero 29, 2016

repugnancia, una columna



Es que, después de dieciocho años fuera del país, todo le causa repugnancia. Le dan asco la tendencia ignorante a considerar cualquier porquería nacional la mejor del mundo y la celebración descerebrada de la estupidez. Le dan asco la corrupción e incapacidad generalizada, le repugnan el estúpido fanatismo deportivo, la paranoia cotidiana, los tapones, el arribismo lastimoso de la clase media… También la falta de conciencia ecológica, el consumismo, la situación patética del transporte público, la mediocridad de casi todas las universidades, el imaginario patriótico, la impuntualidad y, casi peor que todo, la ridiculísima imitación y celebración del “american way of life”.

Obligado a volver por el funeral de su madre, insiste en que no le hace falta nada. Aún hoy le parece la cosa más cruel el hecho de que le haya tocado nacer en el país, “en el peor de todos, en el más estúpido, en el más criminal”. Nunca ha podido aceptarlo.

Cuando escuché a Vega, o, mejor dicho, cuando lo leí hace unos años, en la novela El asco del salvadoreño Horacio Castellanos Moya, primero me incomodé. Después, me reí de la acidez de su hastío. Y, finalmente, envidié la total repugnancia con la que hablaba de su país natal. En la vida real, cuando se publicó el texto a finales de los noventa, su autor dice haber sido obligado a huir del país, tras recibir amenazas de muerte. El asco y la repugnancia de Vega son tan viscerales, tan duros, que no pueden sino ofender, sino vulnerar cualquier sensibilidad.

Leída a destiempo y a contrapelo, esa repugnancia, acompañada de la crítica más destructiva, hace de Vega una extraña figura ejemplar para estos tiempos que vivimos. Inconforme eterno, dispuesto a decir lo que por decoro, patriotismo, o pena no decimos, Vega reside más allá de moralismos, en un lugar donde la indignación se lleva a flor de piel. No nos vendría mal, de vez encuando, visitarlo.

martes, enero 26, 2016

preguntas en torno a los libros que le llegan a tim parks


Perhaps in the end it's just ridiculous, the high opinion we have of books, of literature. Perhaps it's just a collective spell of self-regard, self-congratulations, the way the jurors of the literary prize are so dumb pleased with themselves when they invite their new hero to the podium. Do books, after all, change anything? for all their proverbial liberalism, do they make the world more liberal? Or have they offered the fig leaf that allows us to go on us we were, liberal in our reading and conservative and in our living. Perhaps art is more a part of the problem and the solution; we may be going to hell, but look how well we write about it, look at our paintings and operas and tragedies.

It is not, after all, but we have to worry about the survival of literature. There's never been so much of it. But maybe it's time that the beast carried a health warning.

Tim Parks, Where I'm reading from

domingo, enero 03, 2016

corillo, una columna


CORILLO

No fui a ver Star Wars porque estaba profundamente interesado en la serie. No corrí solo al cine el viernes luego de dar un examen final porque quería saber en qué terminaron los amoríos de Han Solo y la Princesa Leia. 
A decir la verdad, una vez pasé cierta edad ninguna de las películas realmente fue capaz de superar los rumores y especulaciones que la precedían. Esas versiones vernáculas, libres como lo estaban de cualquier impulso mayor al capricho personal, siempre extrapolaron mejor y con mayor fuerza que las tramas de las cintas mismas, tan inevitablemente atadas a vaivenes presupuestarios. 
En fin, la fui a ver porque mi corillo de amigos la vio el día antes entre San Juan y Bayamón, y quedamos en discutirla, en nuestro chat, una vez que yo, que estoy en la porra desde hace seis años, lo hiciera.
Tal vez así no es. Tal vez se supone que la distancia pese más en los corillos, que nos veamos obligados más a menudo a disfrutar y sufrir del gozo ansioso del comenzar desde cero entre extraños. No digo que todo sea siempre igual. Los reencuentros navideños con el corillo cada vez más están matizados por quince minutos, después del saludo, en los que ocurre una rápida renegociación en la que cada parte hace inventario de las diferencias, antes de pasar, en los mejores casos, a refundar la amistad sobre nuevas bases. 
Es cierto que en los puntos más bajos de la relación hemos dicho que quizá deberíamos darnos la oportunidad de poder participar, tras años de ausencia, en el “tanto tiempo”, o en el “estás igualito”.
Pero eso aún no ha venido a ocurrir y Rubén escribió que The Force Awakens le pareció una chapucería. Orlando y Juanluís le llevaron la contraria: hasta se les salió una lágrima. Y Samuel, criticón al fin, pasó a especular, en una de aquellas versiones vernáculas, una alternativa reivindicativa para una serie que, quizás, ya sólo es pura nostalgia.

viernes, diciembre 11, 2015

la pregunta, una columna



Un hombre negro, rastrillo en mano, recoge el primer saldo de hojas que se ha acumulado frente a su lujosa casa en Ithaca, Nueva York. El hombre, Grant Farred, un intelectual sudafricano, lleva un rato trabajando bajo el sol otoñal cuando se le aproxima un Volvo tan blanco como la pareja en su interior. Sin saludar, la mujer se asoma por la ventana y, plácida, le pregunta si, después de terminar ahí, se interesaría en otro trabajito (recogiendo las hojas en su casa). Farred se detiene y le devuelve una respuesta que, en el trayecto entre su pronunciación y recepción, se hace cortante por lo precisa, cortante porque saca a colación la fuerte carga racista de la impensada pregunta de la señora. En shock, la pareja cambia la mirada y, más rápido que ligero, pisa el acelerador hasta desaparecer.

Su respuesta en sí es lo de menos. Lo que sorprende a Farred una vez da la espalda al evento, lo que lo ocupa es lo preciso de su réplica. Una réplica que aunque fue pronunciada casi como reflejo pareció haber sido pensada muchísimo antes, durante su crianza bajo el Apartheid. Lo que le sorprende es que su respuesta, que en sí misma sólo afirma un dato (que no está buscando trabajo porque es profesor) se transforma en otra cosa: en una afrenta, en una aserción política.

Farred está consciente que se trata de un incidente que, por lo cotidiano, quizás ni valga la pena relatar. También está consciente que la señora no quiso ofender: ni lo pensó. Justo por esa razón el librito que Farred escribió al respecto se trata, más que nada, del pensamiento y el gesto activo del pensar. Es, después de todo, justamente en lo que se dice sin pensar donde residen los monstruos de toda época y, Farred sostiene que la única acción válida ante la pregunta ignorante, es la respuesta cargada de pensar.


viernes, diciembre 04, 2015

reseñita de dicen que los dormidos, por alexandra pagán

Dicen que los dormidos (2012) es un novelón, en el buen sentido del aumentativo, vemos la narrativa de la violencia como pantano y pesadilla, la poesía de la hermandad que se trastoca con el trauma del juego nefasto del azar. Vemos una ciudad que flota en el mar pantanoso de la venganza, que se cuece y enreda en una trampa en la que todos perdemos algo, en la que nos hundimos en una pesadilla de la que pocas veces despertamos. La coma del protagonista empieza justo cuando despierta de ella, y lleva a ese estado comatoso a los que se interesan genuinamente por él, incluidos los lectores que nos hundimos en un estado de letargo y espanto del que no despertamos. El real vínculo y el real discurso lo serán las imágenes oníricas que de modo fantástico comparten los personajes y que se vuelven un mensaje críptico que descifrarlo nos sumerge en el terreno de la poesía, pero que nos deja irremediablemente tristes. Esperamos superar la novela como a veces intentamos superar las terribles noticias que configuran la trama de la ciudad.

miércoles, octubre 28, 2015

disonante, una columna

Es casi como uno de esos chistes: un cubano, un puertorriqueño y un haitiano se sientan en un sofá. El problema es que no hay “punchline”.
Contextualicemos: se trata de un festival literario y el cubano, el puertorriqueño y el haitiano están en un panel acerca del Caribe y sus distintas crisis. Una talentosa moderadora intenta hacer cuajar una conversación acerca del material común de la región y, en teoría, los tres escritores deberían discutir un terreno compartido.
La moderadora comienza con cuidado. Apela a un Caribe que, si hablase, pudiera ofrecer la historia personal de los últimos quinientos años del mundo (una historia íntima de la apropiación, expropiación y explotación de cuerpos y tierras). En un principio, casi parecería que se iría a formar una conversación en torno a esa historia compartida. Desafortunadamente, la cuestión se descose rápido, quizás por las interrupciones, implícitas a la traducción instantánea, o quizás debido a ciertos ánimos caldeados.
El haitiano quiere hablar de la crisis originaria de la región, que, para él (correctamente, diría yo) no es sino la explotación y exclusión racial; el cubano, de la intemperie asfixiante en la que cayó un movimiento revolucionario y las fugas de sus ciudadanos; el puertorriqueño (que pudiera ser este servidor), sobre la relación entre esas herencias políticas regionales y lo cotidiano.
Al final, más allá del bregar de la moderadora, quedan tres líneas paralelas sin punto de encuentro. Quizás, si no hubiese restricciones de horas, ni límites en las paciencias y vejigas de los participantes, esas tres líneas podrían llegar a encontrarse en una gruesa raya, como habrá explicado algún matemático radical.
Pero en ese momento, al culminar la discusión, y al decir de un miembro del público tras bastidores, el panel, repleto de disonancias, ofrece una imagen apta para el material común del Caribe hoy: tres líneas paralelas que comparten un origen, pero que permanecen en espera (o no) de un horizonte en el que coincidir.